Yo daba diente con diente.
—Pues sí —dijo la dama con voz serena—, ese creo que era...
Y deseando variar de conversación, añadió:
—¿En dónde has dejado al abuelo?
—Fue solo al Príncipe, a comprarte billetes para esta noche.
—¿Qué función es?
—Una ópera nueva, una sandez, qué sé yo —dijo Zugarramurdi.
—Se llama La inútil presunción o El barbero de Sevilla, por un tal Rufini o Rossini —gruñó Carlos con detestable humor.
—Anoche se estrenó: es un sainete ridículo, según me han dicho —añadió el amigo—. Un tutor estúpido, un barbero sin vergüenza, una pupila descocada, un amante que se finge soldado borracho para meterse en la casa, después se hace maestro de música, y luego entra por el balcón.
—Por el balcón —repetí yo, apropiándome con calenturiento afán aquella idea.