De repente Carlos, que sin duda no estaba para pensar en óperas, dijo levantándose:
—¿Cerré yo la puerta interior al marcharme?
—Creo que sí —dijo el amigo—. Lo mejor será registrar la casa. Hay ahora tantos ladrones...
Carlos y su camarada salieron.
Al verse sola, Jenara abrió precipitadamente el armario, y me dijo:
—Esta farsa no puede seguir... ¡qué compromiso!... Es preciso que yo diga la verdad a mi esposo... Ya no es fácil que usted pueda marcharse...
—¡Señora!... ¡por compasión!
—La verdad, más vale decir la verdad... ¿A qué vienen estos enredos?... Bastantes tengo con los que él inventa...
—¡Señora!... ¡por piedad! —exclamé de rodillas.
Y me dirigí al balcón que daba al patio.