—Por aquí —dije asomándome para medir la distancia.

—¡Que se estrella, hombre!

Felizmente el descenso era muy fácil. Había bajo el balcón una alta ventana con reja de hierro, que casi era una escalera. No lo pensé más.

—Se puede, sí, se puede —dijo la dama—. ¡Pronto, abajo! Por fortuna no hay nadie en el patio ni en las cuadras... La puerta que da a la calle de Aunque os pese está siempre abierta.

Lieme la capa en la cintura, y con presteza sin igual me deslicé, sin más contratiempo que algunas rozaduras en las manos. Embozándome hasta los ojos, salí sin obstáculo a la calle; pero no había dado dos pasos, cuando vi al señor de Baraona que atentamente me observaba. No quise detenerme, y apreté a correr, repitiendo lo de marras:

—Ahí me las den todas.

XXIV

—Salvadorcillo, albricias —dije a mi amigo entrando en la cueva del señor Mano—, todo va bien; la revolución marcha. Madrid ofrece un aspecto imponente... ¡Si vieras qué cosas me han pasado!... ¡qué aventuras!... ¡qué peligros!... soy un héroe. Pero, en fin, he comido como un príncipe. ¿A que no sabes dónde? Pues en casa de tus amigos los Baraonas. Jenara, con sus propias manos divinas, me sirvió de comer.

—¿En dónde viven ahora? —me preguntó Salvador con indiferencia.

—En la calle de Sal si puedes... bonito nombre... aquí cerca.