Debo advertir que en marzo de 1820 yo notaba en la población un movimiento mucho más espontáneo y general que en mayo de 1814. Todos los tenderos, todo el comercio alto y bajo de los barrios del sur y del centro se asociaba al impulso con una franca y natural alegría que me llenó de admiración. En los empleados, en todo el personal de la clase media, había un sentimiento de simpatía que más tarde llegó a manifestarse en hechos. Marcáronse, pues, en aquel día dos corrientes: la corriente natural de las personas de buena fe que se alegraban del cambio previsto, y la corriente del tumulto, que tenía encargo de vociferar y hacer demostraciones locas. Ambas se mezclaban y juntas invadían las calles, llenando los aires con sordo mugido, sin que se pudiese determinar dónde acababa el oro y empezaba el plomo. En la generalidad de la población resplandecía la más franca hombría de bien, una especie de candor revolucionario, si así puede decirse; un júbilo patriarcal que era del mejor augurio.

Por la tarde, la muchedumbre formaba una apretada masa en los alrededores de Palacio. Escenas bulliciosas de animación, de risas, de plácemes, de gritos, de palabrillas un poco jacobinas, alegraban las calles del Arenal y Mayor.

«Que el rey juraba.

»Que el rey no deseaba otra cosa que jurar.

»Que los ministros y palaciegos eran unos tunantes, y Fernando el hombre mejor del mundo.

»Que, a Dios gracias, nos íbamos a ver libres de pillos.

»Que en aquellos momentos se estaba formando un nuevo gobierno.

»Que por la noche la guarnición de Madrid, inclusa la Guardia Real, debía apoderarse del Retiro, para desde allí enviar una diputación al rey pidiéndole el juramento consabido.

»Que la reina decía entre lágrimas y suspiros que la habían engañado, y que se quería volver a Sajonia.

»Que Ballesteros, recién llegado por mandato del rey, había dicho que nada se podía hacer ya.