»Que los señorones de la corte opinaban que no era cosa de trastornar al reino y de pasar sustos por un juramento de más o de menos.»

Esto y otras cosas que omitimos decía la gente. Yo no quise hacer demostraciones en público; pero me daba a conocer a todos mis amigos, no recatándome de nadie, porque ya no había para qué. Con los liberales me hacía el exaltado, y con los templados el indiferente.

Cerca de Palacio, la multitud prorrumpía en desaforados gritos: allí estaba nuestra gente pidiendo a voces con tanto ardor la Constitución y el juramento, que parecía no poderse pasar ni una hora más sin ello. Pero los balcones de Palacio permanecían cerrados; no se veía ni aun la nariz del infante don Carlos, generalísimo de los ejércitos.

Iba cayendo la tarde, y no había novedad. Algunos jinetes de la guardia decían al pueblo que se retirase. Su actitud no era hostil, sino tan conciliadora que despertaba general simpatía. La guardia, que tanto dio que hacer después, estaba aquel día como un guante. Verdad es que aquel día era extraordinario por la generalización súbita de los sentimientos liberales. Había contagio sin duda. Los exaltados contaminaban a los tibios; los tibios a los indiferentes; los hombres a las mujeres; estas a los niños, y los niños a los pájaros, que de rama en rama piaban Constitución.

La noche enfrió el entusiasmo de muchos; pero exacerbó más el furor de otros. Aquellos que a toda costa deseaban una escena y la pedían y la estaban buscando, no querían irse a sus casas sin saber la determinación de Su Majestad. Diversas comisiones entraron en Palacio; pero el pueblo ignoraba todo. Por eso cuando corrieron voces de que era inútil esperar nada positivo hasta la mañana siguiente, un bramido de despecho circuló de un cabo a otro. Gracias a que nuestro pueblo es dócil, poco exigente, humilde, y conserva sentimientos de profundo respeto al trono en medio de sus más soeces expansiones, que si no fuera así, algo grave habría ocurrido aquella noche.

Mientras los vecinos se iban a sus casas, a las tertulias o a los cafés, los que mangoneábamos en la maquinaria oculta del alboroto popular, azuzábamos a los beneméritos patriotas para que manifestasen sus altas dotes, ora rompiendo algunos vidrios absolutistas, ora entonando canciones que a toda prisa improvisaron ramplonas musas. Todo lo hicieron a pedir de boca; pero aquello donde más lució su destreza fue la algazara que armaron en la plaza Mayor al poner una lapidilla provisional, que más tarde fue sustituida por otra de mármol. Diversas turbas, roncas a fuerza de gritos y aguardiente, daban vivas a la Constitución, y había grupos carnavalescos, semejantes a los que forman los gallegos la víspera de los santos Reyes.

Aquella vez, entre lucientes antorchas, no llevaban escaleras, sino el libro de la Constitución, abierto o izado en un palo. La gracia de esta apoteosis consistía en hacer que todo transeúnte besase el libro, previa inclinación del palo hacia el suelo. Se obligaba a los transeúntes a ponerse de rodillas, siendo de notar que la mayor parte lo hacían de muy buen grado. Fuera de este inocente desahoguillo, no hubo ningún exceso aquella noche, ni se vertió sangre, ni nadie fue arrastrado, ni se realizó ninguno de aquellos siniestros augurios que en tiempo de la conspiración se hacían. Todo era como un juego de chiquillos.

Así pasó la noche. Ya no tuve recelo de entrar en mi casa, en la cual encontré a dos o tres polizontes, que me recibieron sombrero en mano, con exagerados cumplidos y servilismo. Yo les miré con altanería, y entonces cada uno de ellos me rogó que le proporcionase un ascenso, puesto que ya de vencido me trocaba en vencedor y estaría pronto en candelero. Prometiles a tan guapos chicos mi favor, y se despidieron asegurando que si el nuevo gobierno les mandaba prender a don Buenaventura, lo harían de mil amores. Por último, les recomendé que al día siguiente muy de mañana saliesen por las calles dando vivas a la Constitución y a la Libertad; que vigilasen la casa de Baraona, por ver si entraban en ella gentes sospechosas, y que se pusiesen en todos los sucesos del día al lado de los buenos y ardientes patriotas.

El 8 fue día de júbilo, de triunfo, de algazara, de expansión incomparable. El pueblo, más niño en las buenas que en las malas, parecía haber recibido un juguete por mucho tiempo deseado. Viendo entusiasmo tan sincero, ¡quién creería que bien pronto el muñeco había de ser hecho pedazos por las mismas manos que entonces le recibían! Todo estaba consumado: triunfante la revolución; lo de arriba había pasado abajo, y lo de abajo arriba; la cabeza era pie, y el pie cabeza; la soberanía del pueblo, representada en un papel escrito, había subido al majestuoso cénit del estado, echando de allí a la soberanía real para ponerla debajo. La gran jugarreta que hacen los siglos a los siglos estaba consumada, y el hoy había triunfado sobre el ayer. El monarca de derecho divino, el escogido de Dios, se había prosternado moralmente ante los gallegos, que, cual comparsa de noche de Reyes, recorrían las calles con escobas encendidas, y había besado de rodillas el libro puesto en un palo. Ya era público el famoso decreto del 7 de marzo, y desde muy temprano no había ciudadano de la improvisada nación constitucional que no repitiese el me he decidido a jurar la Constitución promulgada por las Cortes generales y extraordinarias de 1812. Tendreislo entendido... etc...

XXV