¡Cobardía y debilidad!... Pero a mí no me importaba averiguar los sentimientos que dictaron aquella resolución, y salí gritando como todo el pueblo, como los discretos y los ignorantes, como los ancianos y las mujeres, como las viejas y los chiquillos de escuela: ¡Viva la Constitución!... Era una fiesta nacional, un desbordamiento impetuoso de alegría: ¡la mayor parte no sabían por qué! Se alegraban por el gozo extraño.
En todos los balcones pendían cortinas, las famosas y eternas y apolilladas guirindolas que habían festejado la primera entrada de Fernando en abril del año 8, la entrada de Wellington después de Arapiles, la proclamación de la Constitución en agosto del 12 y su caída en mayo del 13, la segunda arrebatadora entrada del ídolo al volver de Valencey, la entrada de Isabel, que había pasado por el trono como una sombra simpática y bienhechora, y la de Amalia, que, rosario en mano, sustituyó a Isabel. Las cortinas se iban ya poniendo algo viejas. ¿Qué dirían ellas de tantas y tan repetidas ventilaciones como recibían por distintos motivos? El viejo y miserable caserío de entonces, no renovado completamente todavía, cubierto de harapos rojos y blancos, tenía perfecta similitud con una risueña cara de vieja emperifollada. La gente invadía las calles. En estos días el vencindario, con irresistible impulso de bullanguería, siente un aguijón que lo expulsa de las casas. Hay necesidad absoluta de salir, de preguntar lo que ya se sabe, de comunicar las impresiones, los sustos y las alegrías. Al mismo tiempo y mientras se empavesaban los balcones, mil candilejas, puestas en los antepechos y goteando su aleve aceite sobre los transeúntes, amenazaban con una iluminación general en la próxima noche. Lozano de Torres hubiera creído que la reina estaba de parto.
Imposible es para mí describir las manifestaciones cariñosas de que fui objeto. La gratitud, llenando mi corazón, ahogaba mi voz. Todos me felicitaban, me estrechaban la mano, dándome parabienes por mi libertad, y por el fin de la horrible persecución que había sufrido. Rogábanme otros que les tuviese presentes; los liberales me ponían en las nubes, y los absolutistas, buscando el modo más decoroso de elogiar la revolución, decían: «Es preciso confesar que se ha hecho muy bien; ni una gota de sangre, ni un atropello. En verdad que no me asusta la revolución. Yo pensé que era otra cosa.»
Todo era abrazarse y congratularse. ¡Qué hombres tan negros blanquearon su semblante con la sonrisilla del regodeo liberal! ¡Qué transmutación de rostros, qué quitar y poner de caretas, conforme el caso exigía! Muchos derramaban lágrimas.
En la calle Mayor encontré a Salvador Monsalud, a quien no había visto desde la noche del 6, y al punto corrí a abrazarle. Estaba regocijado sin exaltación.
—¿Qué te parece —le dije— el hermoso, el ejemplar espectáculo que están dando Madrid y la nación? Esto es un modelo de pueblos sensatos. Di ahora que no sabemos practicar la libertad.
—El primer día —repuso—, todo es concordia y festejos. No quiero decir que no sea muy satisfactorio. Estoy contento, y este espectáculo llena mi alma de alegría.
—Y disipará tus dudas ridículas.
—Eso no; las conservo. Aquí, todo lo que pasa tiene un sello oficial que destruye la espontaneidad. Yo he visto los pueblos del campo y las pequeñas ciudades, que es ver la nación desnuda y entregada a sí misma obrando por su propio impulso; y lo que he visto me ha infundido ideas que tus banderolas no pueden disipar.
—¿Asegurarás que no hay aquí un verdadero amor a la Constitución?