—Aquí sí, aunque ese amor no será tampoco muy firme... Sin embargo, fuerza es aprovechar lo que existe, poco o mucho, y trabajar sobre ello.
—Pues a trabajar. Has de saber, amigo, que aún falta mucho que hacer. Todavía puede volverse la tortilla. No nos fiemos de promesas. Es indispensable que el rey nos dé una garantía sólida... ¿Vienes conmigo? Es preciso alborotar mucho esta tarde.
—Pues entonces no voy. Alborota tú.
—¡Vaya un revolucionario!
—Cada uno lo es a su modo. Si la mudanza deseada está ya hecha, ¿a qué más ruido?
—Amiguito, es que todavía falta lo mejor —contesté con mucho apuro—. Estamos en el momento crítico. Se ha de nombrar una junta, ayuntamiento, autoridades, cualesquiera que ellas sean. Si no acudimos en el primer momento de la marejada, si no metemos ruido y nos ponemos en primer lugar, es fácil que nos quedemos fuera. ¿Vienes?
—No quiero ser autoridad.
—¿Pero qué hay en ti? ¿Qué calma es esa? ¿A dónde vas?... Ya... perplejidades de hombre enamorado, que no piensa más que en su dama. Salvador, ten juicio, sé al fin un verdadero y grave hombre político, un hombre de orden, un padre de la patria, un sostén del estado...
—Adiós —me dijo riendo.
—Pero ¿a dónde vas?