—A prepararme. Saldré mañana de Madrid.
—¡Ahora! —exclamé en la mayor confusión—. ¡Salir de Madrid, es decir, de Jauja!...
—Voy a Logroño a reunirme con mi madre, que debe de estar libre. Después iremos a la Puebla. Volveré a Madrid.
—Volverás. No creas que me olvidaré de ti. Al contrario... Yo te aconsejo que optes por Paja y Utensilios. Allí empecé yo... Puedes ir descuidado. Yo velaré por ti, Salvador. Dale expresiones a doña Fermina... ¡apreciable señora!... ¿Sabes que los Baraonas y Garrotes habrán tragado a estas horas mucha hiel? Infames servilones... ¡Qué bien merecido les está!... Dime, ¿piensas sentarle la mano a Carlos, como dijiste?
—Tal vez no —repuso Monsalud con tristeza—. Están caídos y les perdono.
—¡Generosidad ridícula!... ¿Sabes lo que me han dicho esos guapos chicos de la policía? Que ayer y anoche han entrado misteriosamente en casa de Garrote algunos pájaros gordos: Eguía, el marqués de M***, Alagón. Me parece que traman algo. ¡Qué buena ocasión para darles un susto! Yo estoy muy ocupado: encárgate tú. Me alegraría de que les pusieras las peras a cuarto. Yo te proporcionaré media docena de ciudadanos que te acompañen con buenos garrotes... Anda, hombre, anímate.
—En caso de ir, iría solo... Pero hemos vencido; basta ya de violencia. El derrotado, bastante amargura tiene en su derrota. Seamos generosos.
—Pues adiós. Voy a ver lo que se hace esta tarde. Que escribas... Pídeme lo que quieras. Aunque nunca me has dicho nada... En fin, por algo se empieza. Haré por ti lo que pueda... habrá tantas solicitudes, tantas pretensiones, serán tantos los que abran la boca... Pero no te olvidaré, no.
—Adiós —me dijo estrechándome la mano cordialmente y sin hacer caso de mis últimas palabras.