¡Viva el rey! Ya todo estaba hecho. Ya podían venir las iluminaciones, los festejos, las alegrías, las ceremonias, la exaltación política mezclada de religioso entusiasmo. Una nueva era se presentaba, una nueva era, sí, vasto campo a la actividad de los hombres listos. Yo no salí aquel día del Ayuntamiento, y trabajé con ardor en diversos asuntos.
El 10 apareció el manifiesto en que están las célebres palabras: Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional. El 14 dio don Carlos su programa al ejército, congratulándose del juramento de la Constitución. El mismo día 9 nombró Su Majestad la Junta provisional consultiva que debía suplir al ministerio mientras este se formaba, y tuve tan buena mano y tacto, que me congracié soberanamente con todos y cada uno de los esclarecidos individuos de ella en tales términos, que no sabían cómo recompensar mis servicios. Estos eran importantísimos. Yo estaba siempre en primer término; yo salía siempre al encuentro de todo obstáculo: yo era la previsión, el cálculo, la prudencia. Híceme de tal modo necesario, que mi nombre sonaba aquí y allí donde quiera que ocurrían dificultades. Debía esto a mi tino para todo, a mi destreza y experiencia suma de los hombres y las cosas. Por eso supe encaramarme dentro de la revolución a puestos tan altos como los que ocupé dentro del absolutismo, y en uno de los primeros consejos de ministros que se celebraron, se acordó darme la plaza de consejero, en premio de los servicios que había prestado a los grandes principios, y como compensación de las horribles persecuciones de que había sido objeto.
¡Ventura incomparable! ¡Qué bien sentaba a mi gallardo cuerpo la nueva casaca! ¡Cómo me reía yo de don Buenaventura y de todos aquellos vanidosos prohombres que me habían postergado en 1819! Ellos purgaban sus culpas con la ignominia que les resultaba de humillarse ante el pueblo, después de haberlo combatido hasta el último momento. Verdad es que pronto le declararon nueva guerra; pero fue porque la revolución, despreciándoles, no quiso nada de ellos ni con ellos.
Largo tiempo estuve en gracia con la Libertad, la cual no era tan fiera como nos las pintábamos los absolutistas cuando la combatíamos. ¡Matrona más condescendiente no la vieron mis ojos! ¡Qué excelente señora! En muchas, en muchísimas cosas del gobierno apenas se conocía su existencia. Verdad es que sus noveles servidores hacíamos lo posible por ponerle una venda en los ojos para que nada viese y renunciase a la fatal manía de innovar, que era su flaco. Con mi nuevo y flamante destino renació la dicha en mi alma y la holgura en mi casa, que ya se iba desmejorando con el largo vagar; me vi de nuevo favorecido y adulado por grandes y chicos, y Su Majestad me mando asistir a sus tertulias. El pobrecito no podía pasarse sin mí.
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No puedo seguir, no puedo hablar más, porque la alegría embarga mi espíritu y ahoga mi voz. Aunque algo sé digno de contarse, lo entrego a otro narrador para que con más aliento que yo lo continúe; y postrado y sin fuerzas doy fin aquí a mis curiosas Memorias, encargando al copista de ellas que me sustituya en las últimas páginas de este libro.
XXVII
Concluidas las Memorias que por dichosa casualidad vinieron a nuestras manos, seguimos contando por cuenta propia.
El 8 de marzo, uno de los tres días de bulliciosa huelga que sirvieron de introito a la revolución, un anciano avanzaba al caer de la tarde por la plazuela de Santo Domingo, en dirección a la calle Ancha de San Bernardo. Su paso era inseguro; su actitud la de un descaecimiento lamentable. Fijaba la vista en el suelo y movía la cabeza, cual si no tuviera en su cuello fuerza suficiente para mantenerla derecha. A ratos hacía con los brazos y las manos súbito movimiento, como el de quien se ocupa en cazar moscas. Hablaba consigo mismo, y daba bastonazos en el suelo tan fuertemente como los ciegos que reconocen el terreno. Su cuerpo encorvado tropezaba a menudo con los transeúntes, sin que el choque le distrajera de su penosa marcha meditabunda.
Al llegar a la entrada de la calle Ancha, un obstáculo que no podía vencer le detuvo. Tropezó con una muralla. Había allí tanta gente reunida que no se podía seguir.