—¡Otra pared de carne!...— gruñó el viejo con impaciencia—. ¡Y no hay quien la derribe a cañonazos!

Trató de abrirse paso, pero no pudo. Ante él se abría un boquete; pero al punto volvió a cerrarse, dejándole tapiado dentro de una ardiente mampostería de brazos, muslos y espaldas. El viejo movía sus codos y avanzaba la mano y el palo como una cuña. En una de estas, dos piedras enormes se juntaron, cogiéndole en medio y exprimiéndole sin piedad.

—¡Mil demonios! —chilló el viejo con voz angustiosa—. Que me aplastan... Atrás, animales... Dejen pasar a un hombre de bien, que no se mete en estas danzas y aborrece la bullanguería... ¡Eh!, so bruto, que me destroza usted con su anca.

—¡Maldito vejete! —gritó uno de los más cercanos—. ¿Para qué se meterán entre el gentío estos escarabajos? ¡Hermano, váyase al hospital!

—Si todo el mundo estuviera en su casa —dijo el anciano—; si el gobierno no permitiera estas atrocidades ridículas, no se obstruirían las calles.

—¿Quién es ese cernícalo que grazna?

—Señor abate, señor capellán, señor sepulturero o lo que sea —dijo un individuo en tono compasivo—, sálgase usted de este laberinto, porque le van a hacer tortilla.

—¡Paso, paso! —gritaba el viejo con un arranque de cólera y de energía que contrastaba extraordinariamente con su miserable cuerpo—. ¿No hay quien meta en cintura a esta canalla?

En torno al anciano se elevó un murmullo siniestro, entre burlón y hostil, que hubiera asustado a otro, pero que él no le alteró; tan grande era su ánimo.

—Sí, lo repito —añadió echando fuego por los ojos—: estas borricadas existen, porque no hay un rey que tenga calzones.