Diciendo esto, el sombrero del anciano voló por los aires, y unas manos vigorosas, cogiéndole ambas orejas, le hicieron dar grotescas cabezadas. Risas generales celebraron el hecho. Todo cuanto la lengua contiene de festivo, de grosero, de ignominioso y de mordaz resonó en las insolentes bocas. El pobre viejo fue empujado, estrujado, arrastrado, y su endeble cuerpo, escurriéndose dolorosamente por una grieta, erizada de agudos codos y de crueles manos, fue a chocar contra una pared de la calle de la Inquisición. Pegado a ella, las manos cruzadas, la boca espumante, llenos de luz y de ponzoña los ojos vengativos, parecía una pantera vieja, pataleando en su agonía.
—¡Miserables! ¿Pensáis que os temo? —exclamó más bien rugiendo que hablando—. Yo no temo a nadie, yo no temo a indignas sabandijas que huyen del peligro y se ensañan picando a los débiles; yo temo a hombres valientes, no a una vil chusma gritona.
—Es un demente —repitieron varias voces.
—Es un hombre de bien —gritó él—, es un buen patricio, es un cristiano, es un español. Cáfila de rateros y farsantes, respetad a los que nunca han robado, ni conspirado, ni maldecido a Dios, ni hecho revoluciones; respetadles, o no faltará quien os enseñe a hacerlo.
Una mano cogió el cuello del frenético viejo, y otra mano le golpeó.
—Está bien —dijo con voz ahogada cuando quedó libre—. De este modo abofetearon a Cristo. Escúpeme también, sayón.
Le golpearon de nuevo, y el anciano añadió:
—Está bien. Burro, acepto tus coces.
—Dejarle; es un pobre viejo inofensivo —indicó una voz—. ¿No veis que está demente?
—Desprecio tu misericordia —gritó el inexorable hombre caído—. Si no insultarais, si no escupierais, si no deshonrarais, si no rebuznarais, no seríais lo que sois: masones, revolucionarios, ateos, jacobinos.