—Vamos, padrito, levántese, y se le dará un vaso de agua.
—Aparta tus manos de mí —repuso con desprecio— y ve a coger las tijeras, sastre. No abras tu boca para hablarme, y ve a mascar la suela, zapatero. No me toques y ve a espumar los pucheros, pinche. Soy un caballero. Señores sastres, zapateros, pinches y albéitares, que hacéis revoluciones, y quitáis al rey sus derechos, y enmendáis la obra de Dios, buscad para vuestra miserable obra un reino que no sea este reino de España, esta tierra de caballeros, de santos, de soldados...
¡Cómo se reían al oírle!
—Haced revoluciones —prosiguió—, degradad más el suelo que pisamos; manchadlo todo, imbéciles. Haced un estercolero con las banderas gloriosas, con los laureles, con las coronas de santos y reyes, y el demonio estará contento... Poned la historia toda bajo vuestras patas y bailad encima, acompañados del cabrón. El infierno triunfa.
Dicho esto lanzó una carcajada siniestra.
—Es un servil —dijeron algunos.
—No hacerle daño —añadió un compasivo.
—Colgarle de una reja de la Inquisición —añadió un cruel.
En aquel instante todas las miradas se fijaron en un edificio, a cuya puerta el gentío se apretaba, cual si todos quisieran entrar a un tiempo. Era la Inquisición de Corte, cuyo frontispicio, marcado hoy con el número 4 de la calle de Isabel la Católica, nada tenía de particular. Componíase de algunas ventanas y una puerta grotesca en el piso bajo, de una serie de balcones en el piso principal, y de varios huequecillos enrejados en el sótano. Los balcones estaban llenos de paisanos. En la calle y arriba el general bramido de triunfo o impaciencia formaba una infernal algarabía. Un hombre echó el cuerpo fuera en el balcón principal, y sacudiendo las manos arrojó una gran masa de papeles qué cayeron a la calle. Multitud de hojas quedaban suspendidas y flotando de aquí para allí, llevadas por el viento. Iban y venían como pájaros que han recobrado la libertad. Eran las causas de la Inquisición. El pueblo soberano estaba inventariando a su modo el archivo.
Casi todos querían entrar para ver los terribles calabozos. Penetraron muchos; pero salían descorazonados, diciendo que todo había sido ocultado a tiempo y que no restaba nada. Quién sacó un tarima de brasero, quién un fuelle roto, este una sartén vieja, aquel un cazo. No se encontraron otros instrumentos de tortura. De repente, un individuo apareció en la puerta principal. Venía cargado de extrañas cosas. Arrojolo todo en el suelo, diciendo así: