—Ahí están las picardías.

Una lluvia de soldaditos a pie y a caballo, de muñecos articulados, de peones, de animalillos de cartón, de reyes magos, de pastores de Belén, de panderetas y rabeles, cayó sobre las cabezas y los hombros del gentío. Carcajadas generales acogieron el regalo.

Después de esto despejose un tanto el terreno, y una turba de chiquillos cayó, cual manada de lobos, sobre tan rica presa.

Poco después oyose un rumor de júbilo. Por el portal grande apareció un grupo de gente gritona, que sobre sus hombros, a manera de trofeo glorioso, sacaba tres personajes, nada flacos ni extenuados. Eran los únicos presos que se encontraron en el piso alto del edificio; uno de ellos, don Luis Ducós, rector de Hospitalarios.

Tras la procesión siguió toda la muchedumbre, dando vivas a la Libertad, y la calle de la Inquisición empezó a despejarse, mientras se llenaba la de Torija, junto al edificio de la Suprema.

Era ya completamente de noche, y el infeliz viejo a quien dejamos rugiendo de cólera entre un grupo de ciudadanos, continuaba en el mismo sitio, arrojado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared. No hablaba ya ni se movía. Un hilo de sangre corría por su rostro, desapareciendo por el cuello entre la ropa. En derredor suyo había nuevo corro de ciudadanos, pero de ciudadanos prudentes y compasivos, que en silencio le miraban, guardando religiosa compostura en torno suyo, sin atreverse a tocarle, llenos de curiosidad y aun de respeto. Eran Currito, el de la carbonera, de ocho años; Joselito González, el del covachuelista, de siete; Paco, el de don Robustiano, de diez; Isidorillo, el de la tía Rampiosa, de seis y medio, y otros que la historia y la tradición no han podido transmitirnos. Entre todos eran una docena. Cada cual llevaba en su mano un objeto de los que estaban desparramados en la calle ante la puerta de la Inquisición.

Acercábase uno a mirar de cerca el rostro del anciano, y con ademán pavoroso decía: «Está muerto.» Reían todos, mirándose unos a otros, y ya se disponían a retirarse juntos, cuando Isidorillo, el de la tía Rampiosa, que por ser el más chico era el más travieso de todos, tuvo una feliz idea, que al instante puso en ejecución. Llevaba en la mano una varita delgada y larga, y con la punta de ella exploró por dentro la nariz del desgraciado anciano. Este hizo una mueca, se movió, y un coro de risas infantiles acompaño a su movimiento.

Abrió el anciano los ojos, miró a todos lados, pasose la mano por la frente, dio un suspiro...

—¡Qué buena turca ha cogido usted, hermano! —dijo Currito el de la carbonera.

El anciano revolvió sus ojos a una y otra parte, amedrentando con la fiereza de ellos al regocijado concurso, y en voz ronca hablo así: