—¡A esto llamáis una revolución! Menguados, si queréis hacer una verdadera revolución, hacedla; alzad la guillotina; cortadnos la cabeza a todos los que tenemos en ella la idea de Dios, la idea del deber, la idea de la justicia, la idea del honor y de la hidalguía... ¿Queréis acabar con los buenos? Pues a ello. Combatidnos, y se os vencerá. Matadnos, y resucitaremos en otra forma. Pero no, no llaméis revolución a este conjunto de graznidos y patadas... Sois miserables y grotescos bufones que deshonráis el suelo de la patria. Apartaos de mí, despreciables bailarines. ¿Creéis que una nación es el tabladillo de un teatro...? Inmundos tiples, no chilléis más en mi oído... Mi voz atruena.
Una algazara de risas siguió a estas palabras. Los pajarillos, piando con alegría en torno al buitre moribundo, no se hubieran expresado de otro modo. El anciano hizo esfuerzos por levantarse; sus huesos crujían; al fin consiguió ponerse derecho, apoyándose en la pared. Los ciudadanitos, agrupándose en torno de él, no le dejaban dar los primeros pasos.
—Fuera de aquí, hombres pequeños —dijo el viejo empujándoles a un lado y otro—. Queréis hacer revoluciones, y ninguno de vosotros alza una vara del suelo.
Cuando los muchachos se oyeron llamar hombres pequeños, redoblaron las risas. Siempre con las manos en la pared, siguió andando el viejo. Los chicos le seguían, tirándole de la ropa, impidiéndole el paso. Él observaba las fachadas de las casas, como para orientarse; doblaba todas las esquinas que encontraba al paso. De este modo recorrió lentamente varias calles, y después de muchas idas y venidas, entró en la de Amaniel. Los chicos habían ido desertando poco a poco. Al fin Joselito González, que era el más pesado, le dejó solo. El anciano se detuvo, reconoció la calle, y con voz débil murmuró: «No es por aquí.» Volvió atrás, dobló varias esquinas, siguió a lo largo de la pared apoyándose en ella... pero sus pies vacilaban, temblaban sus piernas; su cuerpo abatiose rozando el muro, y cayó al suelo sin sentido.
XXVIII
Estaba en la calle de Eguiluz. No pasaba nadie por allí. De pronto, al extremo de la calle abriose una puerta y aparecieron en un oscuro hueco dos personas, hombre y mujer: el uno despidiéndose de la otra, a juzgar por las breves palabras cariñosas que en el silencio de la calle resonaron sin que ningún extraño las oyera. Después de confundirse los dos bultos en uno, efecto sin duda de la oscuridad de la noche, se separaron: la mujer desapareció, y el hombre echó a andar por la calle adelante, hasta que el obstáculo de un cuerpo atravesado en la acera le detuvo. En el mismo instante una vieja, llegando por el otro lado, se detenía también. Inclináronse ambos, examináronle el rostro, le palparon, le movieron, y el joven dijo:
—Es el señor don Miguel de Baraona.
Trataron de reanimarle. Respiraba, pero no se movía. El joven, pasado un rato de vacilación, se terció la capa, enlazó con sus brazos vigorosos el desmadejado cuerpo del anciano, y se lo echó a cuestas como un saco.
Felizmente el peso del Patriarca del Zadorra no era excesivo, ni el humanitario joven tenía que andar mucho para llegar a la calle de Sal si puedes. Los curiosos que en el camino se le unieron quedáronse a la puerta de la casa, y él subió solo. Ni porteros ni criados salieron a su encuentro en la escalera. Abrió la puerta una criada, y bien pronto sonaron en la casa gritos y lamentos de mujer, angustiosos diálogos, preguntas, órdenes rápidas.
Baraona fue puesto en el suelo. El que le había llevado permanecía en pie. Jenara miraba al uno y al otro con muda sorpresa; pero el dolor no dejaba lugar en su corazón a otro sentimiento. Las dos mujeres azoradas, llamaron; acudió un criado; entre todos trasportaron al enfermo a su cuarto, tendiéndole de largo a largo en la cama. Abrió, al sentirse en ella, los ojos y lanzando un hondo suspiro, murmuró: