—¡Me muero!
—¿Pero está herido? —exclamó Jenara—. Esa sangre... ¿Qué le han hecho? ¡Dios mío!... ¡Abuelo!
Interrogaba con los ojos al portador de tan gran desgracia; pero este, alzando los hombros, decía:
—No sé una palabra. Así lo encontré en la calle.
Salió del cuarto, y en el laberinto de los pasillos medio oscuros, preguntó que por dónde se salía.
—Por allí —le indicó Jenara, que a su lado pasó rápidamente, corriendo en busca de remedios caseros.
Dirigiose el joven a la puerta en el momento en que, abierta por fuera, daba paso a tres hombres. Carlos avanzó el primero, y tras él sus inseparables amigos. Vieron al que salía, y la sorpresa les detuvo y les inmovilizó un instante, como cuando se ve lo imposible.
—¿Qué buscas aquí? —gritó Navarro, mirando colérico a Salvador.
—¡Has entrado aquí! —rugió destempladamente el que llamaban Zugarramurdi, asiendo al joven por el brazo.
El que llamaban Oricain corrió a asegurar la puerta.