—¿Qué haces en esta casa? —repitió Navarro con mirada furibunda y amenazadora.

—Nada —respondió Monsalud, dando un paso hacia la puerta—, y por eso me marcho.

La voz de Jenara, que llegó volando más bien que corriendo, puso término a aquella escena.

—¡Carlos, Carlos! —gritó—. El abuelo enfermo... herido... ¡se muere!... Este... este buen hombre le ha traído de la calle... un accidente desgraciado, un atropello... qué sé yo. Ven al instante...

Navarro miró a Monsalud, como pidiendo más explicaciones.

—Estaba en la calle de Eguiluz, arrojado sin movimiento ni sentido sobre la acera —dijo Salvador—. No sé más.

Navarro tomó una determinación súbita.

—Yo averiguaré lo que hay en esto —afirmó—. Oricain, cierra esa puerta. Zugarramurdi, detén a este hombre.

Y corrió hacia dentro.

Acercáronse los esposos al lecho del enfermo, e hiciéronle mil preguntas; vendada su herida, le abrigaron, tratando de reanimarle por todos los medios. Baraona sufría un temblor convulsivo.