—La canalla me ha insultado —murmuró—. Pero le dije cuatro verdades... No pudo conmigo... ¡Conmigo no puede nadie! ¡Nadie!
—¿Pero quién, pero quién?... Dígame usted quién ha sido —vociferó ciego de ira Carlos, cerrando los puños—. ¡Dígame usted quién ha sido!
—Muchos, muchísimos. Los revolucionarios —murmuró el enfermo—. Sus manos inmundas me golpeaban... Está bien: ¿no abofetearon los judíos al Señor?...
Carlos rugía como un león y sus dedos se clavaban como garras en los colchones de la cama.
—Maldito sea yo si no me vengo —gritó—. ¿Y usted no recuerda quién le trajo aquí?
—¿Quién me ha traído? —dijo el anciano con la mayor sorpresa, abriendo mucho los ojos—. Nadie: vine yo solo; he venido por mi pie.
—No sabe lo que se dice —indicó en voz baja Jenara.
—Pero ¿por qué gritáis tanto? —murmuró Baraona cerrando los ojos—. ¿Qué ruido, qué algazara infernal es esa?... Callad por Dios... necesito descanso, necesito dormir... ¿No habrá nunca silencio en esta casa?
Cuando esto decía, el silencio era profundo en la habitación. Jenara y su marido observaban con ansiedad la fisonomía del enfermo.
Mientras esto ocurría en la alcoba, el señor Zugarramurdi, hombrazo corpulento, de espesa barba rubia, frente estrecha y miembros poderosos, se acercaba a Salvador Monsalud en la antesala, y dejando caer sobre el hombro de este una de sus gruesas manoplas, le decía con voz áspera y cavernosa: