—¿Sabes quién soy?
—Sí —repuso Salvador mirándole con desprecio—. Ya sé que eres un bruto.
Oricain, pequeño, regordete, de ojos negros, cubiertos por una sola ceja pobladísima y corrida de sien a sien, guardaba la puerta.
—Soy Zugarramurdi —dijo el de este nombre—. Estuve en la batalla de Vitoria. ¿Te acuerdas de la retirada, juradillo?
—Sí; me acuerdo. Tú estabas entre los mulos.
—¿Te acuerdas del que hirió a nuestro amigo y jefe Carlos Garrote? —prosiguió el vizcaíno—. ¿Recuerdas que yo te guardaba, y que te me escapaste, porque una señora compró a los centinelas?
—Déjame —gritó con violencia Salvador apartando bruscamente el brazo del guerrillero—. Oricain, abre esa puerta.
—Ven a abrirla —repuso imperturbablemente el navarro—. ¿Sabes quién soy?
—Sí; ya lo sé: ladrabas en la jauría de Garrote. Abre esa puerta, o pasaré por encima de ti.
—Ya te espero... —dijo Oricain—; como no me coges de espaldas, no hay que temerte.