—Abusáis de mí, porque veis que no llevo armas —dijo Salvador conteniendo su ira—. Estoy indefenso, porque yo no muerdo como vosotros.
Carlos se presentó en el mismo instante, fruncido el ceño, pálido el rostro, con un visible sello de dolor y desesperación en su grave persona.
—Carlos —dijo Monsalud—. ¿He entrado en una guarida de lobos?
—Es espía de los ateos —dijo Oricain clavado siempre en la puerta—, y viene a saber lo que hacemos para contárselo a esa canalla.
—Ha venido a provocarte y a desafiarte —dijo Zugarramurdi—. Nosotros le enseñaremos a ser comedido.
—¡Carlos! —gritó Monsalud perdiendo toda prudencia—. ¡Mira que no tengo armas!... ¡Esto es una infamia!...
—¿A qué has venido aquí? Lo mismo te desprecio amigo que enemigo; lo mismo te desprecio espía que servidor. Vete y di a los revolucionarios que mañana salimos para Navarra a levantar partidas.
—Yo no soy espía... ¿Pagas con tan vil sospecha el servicio que acabo de hacerte?...
—No sé si te debo un servicio o una nueva ofensa.
—Yo no me ocupo de ofenderte —dijo Monsalud con desprecio—. Has sido conmigo cruel, implacable y sañudo. Tu corazón de piedra no se ha movido ante el suplicio de una pobre mujer inocente; te has opuesto a que la pusieran en libertad; has redoblado el furor de los inquisidores, verdugo. Y sin embargo de esto, cuando ha concluido el martirio de mi madre; cuando ha venido la revolución, y triunfábamos, y tenía yo todos los medios para tomar venganza de ti; cuando me era fácil prenderte, molestarte, denunciarte a los vencedores, nada he hecho contra ti, Carlos, y no queriendo abusar de la gran ventaja adquirida, te he perdonado.