—¡Dice que me ha perdonado!... ¡que me ha perdonado! —exclamó Garrote, con el rostro encendido.
—Sí, te he perdonado; he tenido lo que tú no conoces: generosidad.
Navarro permaneció un momento en sombría perplejidad.
—Vamos —dijo al fin con irónico acento—, es un modo extraño de pedir misericordia. Salvador, tu odio y tu generosidad, tu venganza y tu perdón, son igualmente despreciables para mí... No quiero hacerte el honor de mirarte. Zugarramurdi, Oricain, registradle bien, y si veis que no tiene armas, dejadle salir.
—Sí, eso, eso —dijo Oricain con pena—, para que nos denuncie a los ateos, y vengan acá y nos prendan.
—Y nos impidan salir mañana para Navarra —añadió Zugarramurdi.
—Que vaya... que lo diga... que vengan esos cobardes bullangueros a detenernos —dijo Navarro—. Ya sabía yo que algunos polizontes atisbaban estas noches mi casa.
—No hay duda de que es espía —gritó Oricain—. Me consta.
—No se burlará de nosotros, ¡con cien mil demonios!
Zugarramurdi asió con violencia los dos brazos del joven, que se estremeció al sacudimiento de aquellas tenazas, sin poder desasirse de ellas. Oricain acudió en auxilio del otro sayón; vino también un criado, le sujetaron, le contuvieron, le amordazaron, le liaron una larga cuerda en brazos y piernas, y llevándole a una habitación cercana donde había un pie derecho a manera de poste, resto de un tabique antiguo recién derribado, le sujetaron a él tan fuertemente, que el desgraciado joven no podía mover ni un dedo. Palpitante, sofocado, rugiente como un volcán obstruido; amenazado de violenta congestión, Salvador no podía defenderse de sus enemigos sino mirándoles... La rabia de sus ojos era su única arma. Se contraían sus músculos; la prisionera sangre hinchaba sus venas.