—¿Qué pensáis hacer? —preguntó Carlos a sus amigos, cuando concluyó la operación, sin que él se dignara tomar parte en ella.
—Cuando nos marchemos —repuso Oricain—, le ahorcaremos.
En aquel instante Jenara pasaba.
—Es demasiado —dijo Navarro—. Le dejaremos así. Basta que no pueda hacernos daño de aquí a mañana... ¿Sabes que esa postura es buena para conspirar contra el trono? —añadió, contemplando con hosca serenidad a la víctima—. ¿Por qué no vas ahora de Herodes a Pilatos, comprometiendo oficiales, repartiendo proclamas, engañando el país, difundiendo la rebeldía contra Dios y contra el trono? ¡Miserables revoltosos! Ve y di a tus revolucionarios que vengan a sacarte de aquí. Llámales, invoca la libertad, los derechos del hombre. ¡Que vengan Riego y Quiroga a desatarte!... ¡Oh!, si desde un principio hubieran puesto a la masonería y al ateísmo como estás ahora, ¿habría revoluciones? Que me den el mando un solo día, y verás qué gran soga lío alrededor del gran cuerpo. ¿Por qué no conspiras ahora? ¿Por qué no sublevas regimientos? Abre la boca y predícanos libertad y jacobinismo... ¡Ah!, tú creerás que eres un mártir digno de lástima. ¿No lo has de creer, si en ti y en esta canalla que acaba de triunfar no hay idea de justicia?... ¡Justicia! ¡Castigo del crimen! ¡Qué sublimes ideas! En medio de la impunidad espantosa que invade el reino todo como una plaga, aquellas grandes ideas se ven realizadas en un rincón de Madrid... en un rincón de mi casa...
Cuando esto decía, Jenara volvió a pasar.
—¡Bonita imagen de la revolución tenemos delante! —prosiguió Carlos con amarga ironía—. ¡Qué emblema tan hermoso del sistema curativo de un país levantisco! En esa postura se olvida el modo de andar, y se pierden los deseos de agitarse mucho; se puede meditar tranquilamente en Dios, y reconocer las ofensas que se le han hecho... La voz se olvida de que ha dicho infamias y herejías... Se aprende a obedecer y a callar, y el que manda, manda... Yo querría que toda España fuera pasando por esa puerta y viera a su revolucionario... el pobrecito no mueve brazo ni pierna; no habla ni gruñe. Está convertido, y ya no hace daño ni con su lengua ni con su brazo... ¡Qué lección, señor Monsalud!... ¡Si esos locos o imbéciles que chillan por las calles vieran esto...! ¡Si estoy por abrir entrada pública y exponerte como una cosa rara, anunciando «el gran fenómeno de la justicia», o sea «la revolución en la soga»! Esto abriría los ojos a muchos... Tal idea debe cundir y propagarse; es admirable. Todos los que han atentado contra su rey deberían atravesar ese pasillo y mirar adentro... Se te pondrán luces...
Jenara pasó de nuevo.
—Mi opinión —añadió Garrote— es que no se te quite la vida, a no ser que resulte que has maltratado a mi abuelo, como sospecho. Si eres inocente no te haremos daño. La enemistad privada que tenemos tú y yo me obliga a ser generoso. Ni aun consentiría la violencia que sufres, si yo y mis amigos no estuviéramos en peligro de ser denunciados por ti; pero es preciso asegurarse, señor masón... ¡Cuánto me alegraría de tenerte así el día del triunfo de mis ideas, para soltarte y decirte: «Ahora, los dos a solas, arreglaremos una cuenta antigua...»! Pero yo estoy caído, y tus amigos son poderosos... es preciso tener algún rigor con los vencedores, mientras se puede; que tiempo tienen ellos después para abusar de su victoria. Cuando esto pase, cuando yo y mis amigos no corramos riesgo de ser denunciados a un partido vengativo, nos veremos, ¿eh?... No haya miedo que se te aten entonces las manos. Al contrario, te las multiplicaría si en mi poder estuviese... ¿Me buscarás tú? ¿Será preciso que yo te busque? ¿Entrarás entonces furtivamente en mi casa para espiarme? ¿Golpearás en la calle a mi infeliz abuelo, con el fin de encontrar después, so color de ampararle, un pretexto para meterte en el domicilio de un hombre de bien? Esto se averiguará... Me parece que penetro tu intención... Eres astuto... Sabías que aquí se conspiraba... Sabías que aquí nos reunimos en estos días algunos hombres del partido del rey. Sin duda les viste entrar. Bien, señor Salvador; todas esas cuentas se arreglarán después... Hasta la vista.
Cuando Carlos salió, Jenara pasaba otra vez.
Cerraron la puerta y Monsalud se quedó solo. Los rumores de la casa sonaban a lo lejos. En su desesperación sentía transcurrir el tiempo sin darse cuenta de él, y pasaron minutos que le parecieron horas. Cualquiera que fuese el delirio de su mente y la exagerada proporción que a todo daba, ello es que pasó mucho tiempo, y un reloj cercano le iba marcando los plazos solemnes de su agonía. Imposibilitado de moverse, luchaba con extraordinaria fuerza del espíritu y del cuerpo; mas no le era posible vencer. Su sangre era una corriente de fuego: sentíala en el palpitar de las sienes, semejante al golpe de un hacha. Al fin perdió el sentido claro de las cosas.