A hora bastante avanzada creyó sentir mayor intensidad en los ruidos de la casa, el ir y venir y el precipitarse, que indican la gravedad de un enfermo y la consternación de una familia. Constantemente subía y bajaba gente por la escalera principal, que cercana de su prisión estaba. Sintió al fin gran rumor de pasos, como si subiera mucha gente a la vez, y acompañaba a este rumor el triste son de una campanilla y rezos en latín. El viático entraba en la casa. Monsalud distinguió lejano resplandor de faroles; después profundo silencio, solo interrumpido por algunas voces que en lo más hondo de la casa sonaban, semejantes a los tristes ecos del coro de un convento. Luego se oyó el estrépito de los pasos, la misma campanilla, los mismos rezos. Dios salía.

No supo apreciar bien el tiempo que trascurrió después. Su pensamiento estaba fijo en la idea terrible de que al alejarse Dios de la casa, continuara la iniquidad que en su persona se cometía... La fiebre empezó a trazar sus vertiginosos y atormentadores círculos dentro del cerebro del infeliz; pero al fin, trascurrido un plazo de difícil apreciación, distinguió una claridad que parecía la de la aurora; vio claramente que la puerta se abría, que alguien entraba sin hacer ruido, más semejante a una sombra que a una persona, y, por último, que unas manos blandas y frías tocaban su cuerpo.

XXIX

El señor de Baraona pasó muy mal la noche. El médico dijo qué no saldría de la madrugada. A esta hora la claridad de sus facultades mentales le permitió hacer sus disposiciones y recibir a Dios, lo cual verificó con piedad suma y unción evangélica, causando gran emoción entre los circunstantes. Cayó después en hondo aplanamiento, y todo hacía presumir rápido desenlace. Sin embargo, hablaba el enérgico anciano todavía, y dando explicaciones del triste accidente, aseguró no conocer a ninguno de los que le maltrataron. No hacía memoria de que un extraño le trajese a su casa, y con toda firmeza aseguraba haber venido por su pie. Carlos y Jenara no se apartaban de su lado. Zugarramurdi y Oricain, que salieron en compañía del viático, tardaron bastante en volver.

Principiaba a lucir el día, cuando Baraona dijo:

—Tengo que hablarte, amado Carlos; tengo que decirte dos palabras. Sentiría llevármelas conmigo y no poder soltarlas... ¡pesan tanto!

Carlos y Jenara se inclinaron hacia él, a un lado y otro del lecho.

—Lo que tengo que decir —indicó el patriarca mirando a Jenara—, tú no debes oírlo. Querida nieta, sal de aquí por un momento. Carlos y yo debemos estar solos.

Jenara salió; solos quedaron Carlos y el moribundo.

—Hijo mío —dijo Baraona expresándose con dificultad—, en esta hora suprema me veo obligado a hacerte una revelación penosa. Mucho me cuesta, pero la verdad es lo primero... Hace tiempo que me has manifestado dudas y sospechas acerca de la fidelidad de tu esposa, mi querida nieta.