Andaba tan desasosegado, que apenas comía. ¡Ay, si hubieran provisto la vacante en individuo distinto del que está dentro de esta casaca, me habría muerto de pena! Y verdaderamente había motivos para que no estuviese tranquilo, por ser España la tierra de la injusticia y de la ingratitud. ¿El sin par Colón no murió en el olvido? ¿No acabó sus días Hernán Cortés oscurecido en una aldea? ¿Y qué diré de Cervantes?... ¡Vive Dios, que si no me daban la plaza, yo había de hacer algo sonado; rey y cortesanos y ministros se habían de acordar de mí!

Pero últimamente yo no tenía en la corte el favor a que me hacían acreedor mis servicios y adhesión al monarca. Tocome a mí también un poco de aquel hálito de desgracia que a tantos había matado, y aunque no me persiguieron ni me desterraron, hallábame en situación bastante equívoca, ni elevado ni caído, lejos de Palacio, a pesar de que Su Majestad me enviaba hipócritas recadillos. Yo no podía tragar al señor Ramírez de Arellano, ni este me tragaba a mí. Supe que se hacían esfuerzos para desprestigiarme; pero como yo tenía tantos amigos, como conservaba excelentes relaciones con los hombres más eminentes, no solo esperaba defenderme de los que me querían empujar hacia abajo, sino también recobrar el terreno perdido. Alagón, Ugarte, don Buenaventura, Imaz, Villela, San Fernando, Lozano de Torres, me tenían en gran aprecio y me halagaban con fastuosas promesas.

Yo no descansaba. Comprendiendo, como groseramente dice el refrán, que el que no llora no mama, vivía sobre un pie, de visita en visita, de conferencia en conferencia, de lamento en lamento, pidiendo a todos, ya en desnudas, ya en artificiosas razones; exponiendo mis méritos, como se exponían entonces; desacreditando a todo el que estuviese en olor de candidato; trabajando a lo topo y a lo castor, en la oscuridad y a la luz del día; armando muchos enredillos, y ganando voluntades, y levantando polvaredas de intriga y humaredas de adulación; en fin, practicando todo lo que un hombre listo practicaba entonces y practica hoy en circunstancias análogas, que estas viejas mañas son de hoy como ayer, y primero faltarán garbanzos que Pipaones en España. Oí decir un día que la vacante se proveería al siguiente. Corrí a ver al señor Lozano en su despacho del ministerio, y cuando me vio puso cara agridulce, como de quien sonríe para disimular disgusto. Temblando aguardé mi sentencia. Lozano de Torres era pequeño y cari-fruncido, con un airoso moñito de pelo rubio sobre la frente, graciosamente arremolinado. Iba ya para viejo: sus movimientos eran tardos, sus pasos meditados, y al andar colocaba en el suelo con una especie de estudio el blando pie, calzado con zapato de paño. Poníase ordinariamente muy serio, queriendo de este modo tomar la máscara de los hombres de saber; pero con los amigos de confianza, y cuando no se trataban asuntos graves del ramo, era francote y risueño, mostrando a las claras su alma sencilla y su rústico entendimiento. Tan declaradamente manifestaba su índole al hablar, que solo le faltaba decir: «¡Dios mío, cuán bobo soy!»

Hízome sentar a su lado; ofreciome un polvo, que rehusé; diome después un cigarrillo, y tras un par de toses, habló de esta manera:

—Querido Pipaón, anoche me habló largamente de usted Su Majestad. Conviene en la precisión de dar a usted un puesto correspondiente a sus dilatados... a sus dilatados servicios.

—En efecto —repuse—: la última vez que tuve el honor de entrar en la cámara real, Su Majestad me dijo que la plaza vacante del Consejo Real sería para mí.

El ministro cerró fuertemente un ojo, torciendo con extraño mohín la boca.

—¿La vacante del Consejo?... —balbució—. Sí... en efecto: yo mismo prometí a usted... Si de mí solo dependiese; pero...

—¿Pero qué... pero qué? —dije remedando la perplejidad de Lozano—. ¿Es esto formal? ¿Se puede decir hoy una cosa y mañana otra? Si se me cree indigno de formar parte de una corporación en la cual han entrado peluqueros, boticarios y mozos de caballerizas, díganlo de una vez... ¿Por ventura la he pretendido yo?

—No: ya sé que es usted modesto.