—Yo no he pedido la plaza... han venido a ofrecérmela, empezando por el rey; me han estado pinchando mucho tiempo; me han sacado de mis casillas... ¡Si yo no quiero ser consejero, si no quiero figurar!... Por todo el oro del mundo no sacrificaría mi dignidad a cambio de una posición.
—Vaya, señor de Pipaón, no se amosque por tan poca cosa —dijo el buen Torres—. ¿Por qué no espera usted ocasión más favorable? Siendo usted quien es, no tardará en ser consejero. Pronto habrá más vacantes. Aguarde usted unos meses... Su Majestad la reina doña Amalia estará embarazada bien pronto. Cuando venga lo que ha de venir, se repartirán muchas mercedes, sobre todo si es príncipe...
—Señor ministro —repuse, sin poder contener mi sofocación—, se han burlado ustedes de mí. Esto no se hace con un hombre que ha prestado tantos y tan delicados servicios al reino, al rey, a los amigos, a usted mismo.
—Es verdad: por eso dije que anoche acordamos darle a usted una recompensa magnífica —afirmó Su Excelencia melifluamente.
—¿Cuál?
—Puede usted escoger. La Superintendencia de la Moneda en Méjico, la...
—¡India, señor Lozano! —exclamé con el mayor desdén—. Ya sabe usted que no me gustan viajes por mar. Puesto que se me trata de ese modo, renunciaré a servir en la Administración. Para ir a América y labrarme en cinco años una fortuna, no necesito que el gobierno me dé un destino con visos de destierro.
—Entonces, amiguito... Debo advertirle que Su Majestad fue quien manifestó deseos de que marchase usted a América.
—Es raro —respondí—. La última vez que nos vimos, Su Majestad no me dio un canastillo de cerezas como a Campo Sagrado, ni un mazo de cigarros como a Villamil. Yo no pretendí la plaza de consejero; yo no la quería; yo no di paso alguno para que se me diera; pero me la ofrecieron: se ha dicho que yo iba a entrar en el Consejo; he recibido ya las felicitaciones, y aun algunos regalos anticipados, como previa acción de gracias por beneficios que no he hecho todavía... Por consiguiente, si ahora salimos con que no hay nada, mi situación no puede ser más grotesca. Mi dignidad, mi honor, indúcenme a no admitir otro destino que el de consejero.
—Pues hijo —repuso Lozano, dando un suspiro—, lo que es eso... La vacante está ya provista.