Y me alargó un papel que tomó de la próxima mesa.
VI
—¡Me lo figuraba! —exclamé con indignación, devolviendo la minuta después de leerla—. El nuevo consejero es el sobrino del marqués de M***. ¡Bonito nombramiento!
La ira apenas me permitía articular las palabras. Pegajosa saliva entorpecía mi lengua, y con los crispados dedos arañaba los brazos del sillón en que me sentaba.
—¡El sobrino del marqués de M***! —repetí—. ¡Me lo temía!...
—Mañana aparecerá en la Gaceta.
—Y mañana sabrá España, ¿qué digo?, sabrá la Europa entera, sí, señor, la Europa entera, cuáles son las prendas, cuáles los antecedentes que se necesitan aquí para escalar los puestos del Consejo. En primer lugar, ser jugador, borracho, calavera, no pagar las deudas contraídas, deber más de tres mil reales en Canosa; y en segundo lugar, no saber más que un poco de latín, echársela de traductor de Horacio, decir mil pedanterías a propósito de leyes antiguas, defender malamente algún pleito de tenuta, criticar en todo, fantasear en la Sala de Alcaldes, hablar mal de los funcionarios honrados y respetables como usted, y también tener de brevas a higos algún tratadillo con los masones de Granada y de Madrid.
Don Juan Esteban alzó los hombros.
—¡Qué personajes, santo Dios! —proseguí sin que con tanto hablar se desfogara mi cólera—. Tal sobrino para tal tío...
—Silencio —dijo vivamente Lozano—. El marqués está aquí.