En efecto: sin previo anuncio, porque a causa de su intimidad con el ministro no lo necesitaba, apareció en el despacho el marqués de M***, el cual no era otro que aquel famoso personaje a quien puse el nombre de don Buenaventura, tapando con esta especie de benevolencia el suyo propio, para que la posteridad no le mortificase. Fue mi protector, mi amigo, mi Providencia en los primeros años de mi carrera.[1] Por esta razón infundíame siempre mucho respeto, y aunque últimamente solía mostrar envidia de mi rápido encumbramiento y me molestaba cuanto podía, yo, hombre agradecido, le ponía generosamente a él, como a sus sobrinos, fuera del alcance de mis artimañas y de mi lengua.

[1] Memorias de un cortesano de 1815.

Don Buenaventura, a quien solían llamar el Tigre, se había hecho marqués de la manera más sencilla. Nombrado consejero de Hacienda en 1814, reunió en poco tiempo una gran fortuna, comprando fincas que estaban adjudicadas al crédito público. Por aquellos tiempos, necesitando los padres de Atocha algún dinerillo para reparar su templo, dioles Fernando dos títulos de nobleza para que los vendiesen. Don Buenaventura compró en veinte mil duros el de marqués de M***. Era familiar de la Inquisición, hombre cruel, y absolutista tan fanático, que se pasaba la vida buscando masones por todos lados, y averiguando picardías de liberales para contárselas al rey. Tenía en 1819 gran privanza en Palacio; pero le hacía sombra Villela, de quien se contaban no sé qué masónicas liviandades. Conmigo sostenía buenas relaciones; pero a pesar de eso, solapadamente y sin dejar de halagarme, bebió los vientos para quitarme la plaza de consejero; y a pesar de lo mucho que me moví, ganome la partida, como se ha visto.

—¿Se murmura, eh? —dijo amistosamente, después de saludarnos—. Este diablo de Pipaón no está nunca contento.

—Ya le he dicho que puede esperar mejor ocasión —añadió don Juan Esteban, ofreciendo un cigarrillo a su amigo—. Grandes acontecimientos van a venir... Puede que nazca un príncipe...

—Es claro —dijo el marqués, mirándome con sorna—. Pero ¿tú qué crees? ¿Se hacen consejeros de treinta y seis años? Estos sietemesinos, apenas dejan el biberón, ya ambicionan los primeros puestos del estado... ¡qué tiempos, señores! No se a dónde vamos a parar. He aquí un chiquilicuatro a quien saqué de las covachuelas hace seis años. Le hemos visto subir como la espuma; le hemos ayudado como buenos amigos, y ahora, ingrato y descontentadizo, todo lo quiere para sí. Paciencia, amiguito; paciencia, y aguardar. Felizmente no estamos en los tiempos en que el señor Chamorro y Paquito Córdova disponían de los destinos y sueldos del reino. Ya los caprichos de una bella no conmueven la monarquía; ya no caen y se levantan los ministros al compás de la escoba de los mozos de retrete: estamos en tiempos mejores.

—Las personas han variado, convengo en ello —respondí con malicia—; pero las cosas, no. Entre las ruinas de la antigua camarilla, eleva su majestuosa frente la negra del señor Villela.

—Silencio —dijo Lozano de Torres—. Le espero de un momento a otro; puede venir.

—¿Quién gobierna? ¿Quién aconseja a Su Majestad? ¿Quién empuña el timón de la nave, como generalmente se dice? —proseguí—. Todos sabemos que si Artieda no tiene el poder de antaño, lo tienen Ramírez de Arellano y Villar Frontín, pues los ayudas de cámara también caen y se levantan, como los ministros, aunque sin canastillos de cerezas ni mazos de cigarros.

—Bueno —dijo don Buenaventura riendo—. Sigue tú en la agencia universal y diplomática de don Antonio Ugarte. Sigue comprando barcos rusos y contratando empréstitos. ¿Qué más quieres, pelafustán? ¿Aspiras también a comprar a los rusos sus barbas, para ponérnoslas a nosotros después de hacérnoslas pagar?