—¡Acabar con todos ellos!
—¡Con todos ellos! —dijo Oricain.
—¡Hasta el último! —dijo Navarro.
Baraona, después de ligera convulsión, abría desmesuradamente los párpados, y sus pupilas, semejantes a insensibles globos de vidrio, continuaban fijas en el santo crucifijo con aterradora insistencia. Su alma navegaba ya por la inmensidad de las olas eternas.
El rumor de la calle se acercaba, y el solemne reposo de la estancia era turbado por este grito:
—¡Viva el pueblo! ¡Viva la Libertad!
Carlos dirigió a la calle una mirada terrible. Mientras Jenara cerraba los ojos de su abuelo, los tres jóvenes juntaron espontánea e instintivamente sus manos, y alzando con insolente soberbia la cabeza, gritaron:
—¡Viva el rey! ¡Viva la religión!
Madrid, enero de 1876.
FIN DE «LA SEGUNDA CASACA»