—Lo juramos.
Al bronco sonido del juramento, los enormes cuerpos crecían. Todo tomaba proporciones enormes. Las manos del crucifijo parecían tocar a oriente y occidente.
En aquel instante se oyó un lejano rumor, el resuello profundo del pueblo, que volvía a invadir el recinto de la Inquisición, gritando: «¡Viva la Libertad!»
Baraona abrió los ojos. Señalando con el dedo al punto por donde parecía venir el discorde ruido, murmuraba:
—La ola... se acerca.
Después, cruzando las manos, exhaló un hondo suspiro. En su pecho cavernoso retumbaron estas huecas palabras como un ronquido:
—¡Hasta la última gota de vuestra sangre!
—¡Hasta la última! —repitió Navarro sordamente.
El mugido de Baraona se repitió más lento, más apagado, más lejano.
Parecía una voz que se alejaba de caverna en caverna, y decía: