—¡Lo juramos!

Los tres brazos continuaron alzados breve rato, y en el trágico grupo reinó el silencio de las grandes emociones.

Carlos dijo:

—¡Que mi alma arda en el Infierno eternamente si no lo cumplo!

—¡Muerte a los infames! —bramó Zugarramurdi.

—¡Muerte! —repitió Oricain.

Los sollozos de Jenara se confundían con los terribles juramentos.

La energía de Baraona se extinguió de improviso. Empezó a apagarse, a pestañear, a oscilar tenuemente, como brillo del ascua que va a ser tragada por las lóbregas fauces de la oscuridad.

—Júramelo otra vez —murmuró en voz queda y con los ojos cerrados, hablando desde el fondo de su agonía.

Los tres repitieron, alzando el brazo.