—El señor se muere.
Navarro llevó, mejor dicho, arrastró a su esposa hasta la habitación del enfermo.
Baraona respiraba con dificultad. Sus ojos, medio apagados ya, se fijaban en un santo Cristo que frontero de la cama pendía. Jenara, de rodillas junto al lecho y apoyada el rostro en él, ocultaba sus lágrimas. Los dos amigos de Carlos entraron en aquel instante, y con la cabeza descubierta se acercaron al moribundo. Carlos, lívido y terrible, estaba en pie, la vista fija en el suelo.
Baraona recobró súbita energía. Una llamarada, último esfuerzo del vivir que se despedía, inflamó con fugaz esplendor su naturaleza. De los hundidos ojos brotó un rayo, y la lengua articuló palabras claras.
—Hijos míos, amigos míos —dijo mirando a todos—. Adiós; ahí os queda el mundo. Tal como hoy está, no es gran regalo... Muero en Dios, muero proclamando la justicia y la ley. Sed buenos. Hija mía querida, ama y obedece a tu esposo... Amado hijo mío, respeta y dirige a tu mujer.
Los sollozos de Jenara le hicieron callar un momento.
—A todos perdono —continuó poniendo la flaca mano sobre la cabeza de Jenara—. Si alguno hay con mancha de pecado, que mi perdón sea la señal de su arrepentimiento... Y vosotros, valientes amigos, y tú, noble hijo mío y de aquella tierra de Álava que no ven mis ojos en este triste momento, recibid mi bendición, recibidla todos. Valientes jóvenes, muero aborreciendo la revolución; muero abofeteado, escupido, azotado, inmolado por ella, como Jesús por los judíos. ¿Qué mayor gloria?... ¡Gracias, gracias, Dios mío!
Entusiasmo y gozo vibraban en su voz.
—Valientes jóvenes, mirad la imagen del Dios-Hombre, que está frente a mí; mirad ese cuerpo bendito puesto en la cruz. Juradme ante Él que derramaréis hasta la última gota de vuestra sangre en defensa de los buenos principios, de la justicia, de la ley de Dios. Jurádmelo, si queréis que muera contento, y que mi alma angustiada se arroje libre de toda zozobra y desconsuelo en los inmensos, en los infinitos brazos de Dios.
Los tres jóvenes miraron la sagrada imagen, unidos en imponente grupo. Los tres extendieron el brazo derecho hacia la efigie, alzaron orgullosos la cabeza, y con voz entera y solemne dijeron a un tiempo: