Garrote dio un rugido y saltó afuera.

Deslizose por el corredor hacia el cuarto de su mujer. Entró. El balcón estaba abierto, y Jenara, asomada en él, se inclinaba hacia fuera diciendo: «¡Pronto, pronto, que puede venir!»

El rencor de Carlos era mudo porque era inmenso. Abalanzose hacia el balcón y hacia Jenara, que sintió el resuello de su marido semejante a una llamarada de volcán que le quemaba el rostro. Volviose, y su grito de espanto aumentó el furor de Carlos. Este pudo ver claramente a un hombre en el momento de desasirse de la reja del piso bajo y envolverse rápidamente en su capa de grana para echar a correr hacia la puerta.

¡Instante más breve que la palabra, acción más breve que el pensamiento!... Jenara y Carlos se miraron. En el semblante de ella brilló de súbito una serenidad profunda. El hombre que huía se detuvo un instante en la puerta del patiecillo, porque al entrar en la cerradura la llave, esta y aquella no obedecían.

—¡Dos vueltas a la llave y tirar hacia adentro! —gritó Jenara con verdadero acento de inspiración.

La ira del esposo estalló como un trueno.

—¡Traidora! —gritó agarrando a Jenara por un brazo y apartándola del balcón.

Su mano de hierro, tirando fuertemente del brazo y del cuerpo de la mujer, hízola dar rápida vuelta en torno suyo. Las flotantes faldas describieron, arremolinadas, un disco blanco, en cuyo centro el busto admirable de Jenara, al caer de rodillas, se alzaba con el semblante vuelto hacia su esposo, los cabellos en desorden, la mirada ardiente. De su pecho contraído y sofocado por la veloz caída, salió una voz que dijo:

—¡Salvaje, haz de mí lo que quieras!... ¡Sabe que te aborrezco!

Carlos alzó con movimiento brusco a la infeliz dama, y de nuevo la dejó caer o la impulsó contra el suelo. Una imprecación horrible sonó en la sala, y en el mismo instante sonaron también las palabras angustiosas de una criada, que súbitamente entró diciendo: