—Señores —dijo sin responder a nuestro saludo—, ocurre una cosa muy importante. El señor Requena acaba de morir de un ataque de apoplejía fulminante. ¡Pobre señor, pobre amigo mío! ¡Nos queríamos tanto!... Pero, en fin, puesto que Dios ha querido llamarle a su seno... ello es que con esta muerte hay ya otra vacante en el Consejo.

Yo di un salto en mi sillón.

—¡Una vacante en el Consejo! —repitieron el marqués de M*** y Lozano de Torres.

—Si, señores —añadió Villela sentándose—: una vacante en la Sala de Provincia.

—No podía venir más a propósito —dijo Lozano de Torres mirándome.

—Ahí tienes, Pipaón, ahí tienes... —dijo el marqués de M***—. La Providencia no abandona jamás a quien confía en ella. He aquí que cae del cielo una vacante y te toca en la punta de la nariz.

—Poco a poco, señores —dijo el señor Villela de muy mal talante, mirándome por encima de sus gafas verdes—. No me toquen a esa vacante, que es para mi primo.

Toda la hiel de mi cuerpo vino a mis labios al oír esto, y era tanto lo que se me ocurría decir, que no dije nada.

—Tengo promesa de Su Majestad para la primera vacante —añadió Villela—; y además, amigo Lozano, ¿no hablamos de esto la otra noche?

—Sí, es cierto... —repuso con turbación el ministro—; pero, a la verdad, no sé cómo contentar a todos. Pasan ya de media docena las personas a quienes Su Majestad ha prometido la primera vacante. Creo que lo mejor será echar suertes.