—¡Bah! —exclamó Villela con su impaciencia habitual y mirándome de hito en hito—; ¿lo dice usted por Pipaón, que nos está oyendo? Amiguito, usted es joven aún y puede esperar. En mis tiempos no se entraba en el Consejo antes de los sesenta años. En los que vivo no he visto un mozo más favorecido que usted por la fortuna... Cuando mucho se sube, más peligrosa puede ser la caída. Usted se ha encaramado con excesiva prontitud, y me temo que si no se detiene un tantico, vamos a ver pronto el batacazo... Un polvito, señor marqués; un polvito, señor Lozano; amigo Pipaón, un polvito.
Describió un lento semicírculo con su caja de rapé, en la cual iban entrando sucesivamente los dedos de los amigos.
—Señor don Ignacio —repuse yo aspirando con placer el oloroso polvo—, admito los consejos de una persona tan autorizada como usted... pero debo hacer una indicación. Jamás pretendí la plaza de consejero; pero como se me ha ofrecido repetidas veces, y se ha hecho pública mi pronta entrada en la insigne corporación, sostengo el cuasi derecho que me da la real promesa.
—¡Oh!... usted puede sostener lo que quiera —indicó Villela, volviendo risueño el rostro y elevando la mano, cuyos dedos sostenían aún el polvo—. Cada uno es dueño de tener las ilusiones que quiera. Por eso no hemos de reñir.
—Con perdón del señor Villela —dije yo, inclinándome y poniendo un freno a mi cólera—, seguiré esperando, pues Su Majestad no me ha de dejar en ridículo.
—¡Tantas veces han puesto en ridículo a Su Majestad personas que yo conozco...! —indicó el consejero de la Sala de Justicia, llevándose a la nariz los dedos y aspirando el tabaco con cierto adormecimiento voluptuoso en sus ojos ratoniles.
—¡No lo dirá usted por mí! —repliqué colérico.
Villela se puso muy encendido.
—Por todos —murmuró.
—Señores, señores, basta de tonterías —dijo el ministro, conociendo que la cuestión se agriaba un poco—. Basta de pullas. Se procurará contentar a todos. Esto se acabó.