—Esto es burla... Pero sea lo que quiera, Pipaón ha dicho que el desaparecido está en Madrid.
—Así me lo han asegurado. Creo que podemos saberlo con toda certeza.
—Soy familiar de la Inquisición, y tú, Pipaón, un hombre agudísimo. Si de esta vez no hacemos algo de provecho, tengámonos por dos alcornoques de tomo y lomo.
—Pero si hacemos algo, mi señor don Buenaventura —dije—, que sea para desenmascarar a un magistrado tan corrompido como el señor Villela.
—Vamos, a ti lo que te escuece es la vacante de consejero que Villela se quiere apropiar, caliente aún el cuerpo del señor Requena. Por mi parte, te juro que aborrezco a Villela. Siempre he visto en él un hombre tan astuto como peligroso, que está sirviendo a la revolución.
—Ya se lo dirán de misas. Soy...
—Cójame a ese Monsalud, señor don Buenaventura —dijo el ministro—. Vamos, ¿a que no se atreve?
—¡Que si me atrevo! Pipaón, vete por casa mañana. Hablaremos.
—Pues hasta mañana, señor marqués.
—No hay más que hablar.