—Esta fue la conspiración del regimiento de Lorena, abortada por fortuna... Ojo, señores. Por empeños de Villela fueron puestos en libertad los conspiradores.

—El año 17 estuvo en los baños minerales de Caldetas, donde pasaba por criado del malogrado Lacy, y el 5 de abril salió de Tarragona con las dos compañías de Quer. Desapareció en Arenys de Mar.

—Desapareció... —dijo con enfado don Buenaventura—. Si no existiera esta sorda y astuta confabulación de todos los pillos, no se habría evaporado tan fácilmente.

—Volvió a aparecer en Gibraltar, visitando la casa del judío Benoltas, que dio dinero para la sublevación de Alicante —continuó Lozano, hojeando los papeles—. Después se le vio en Murcia muy unido a Romero Alpuente y a Torrijos; pero cuando este fue descubierto y preso, el otro... desapareció.

—¡Desapareció!... Lo de siempre.

—Pero al poco tiempo se le vio en Madrid, donde los masones de Murcia tienen tan buenas aldabas. Sostuvo relaciones epistolares con don Eusebio Polo y con Manzanares, oficiales de Estado Mayor, y otros muchos militares distinguidos, afiliados en la masonería. Cuando estos fueron reducidos a prisión, se pudo echar mano al Monsalud; pero al poco tiempo de encierro...

—Desapareció. Ya sabemos lo que son esas desapariciones —afirmó colérico el familiar de la Inquisición—. Los hermanos del Grande Oriente han tenido buen ojo en la elección de sus venerables. Son estos algunos señores de la grandeza, generales y consejeros, como Villela.

—Reapareció en Valencia —prosiguió Lozano— a principios de este año. Trabajó con don Diego Calatrava en los preparativos de la conspiración de Vidal. Frustrada esta, fue herido gravemente y preso con otros muchos. Llevado a la cárcel en camilla, se le encerró en un calabozo, donde era imposible la evasión. Cuando fueron a sacarle para conducirle al patíbulo, encontraron en su lugar...

—¿Qué?

—Un muñeco vestido con sus ropas.