—Respondo.

—Ha demostrado en las últimas conspiraciones un atrevimiento y una constancia que confunden —dijo Lozano.

—Hemos de cogerle aunque no sea sino por dar en los hocicos al masón vergonzante señor Villela que le protege... —dijo el marqués—. Pipaón, ¿me ayudas o no?

—Ayudo.

—Soy familiar de la Inquisición: pondré de mi parte cuanto pueda. ¿No hemos visto a los más insignes hombres de la nobleza, a los Medinacelis y Albas y Osunas saltando de tejado en tejado, en calidad de alguaciles mayores del Santo Oficio, para perseguir a los criminales?

—Voy a dar a ustedes un resumen de las fechorías de ese Salvador Monsalud —dijo Lozano de Torres, tirando de la campanilla—. Los corregidores y las Salas de Alcaldes han suministrado algunos datos, los cuales, unidos a los informes que tomé en el ministerio de Seguridad pública, forman un curioso expediente.

Se presentó un oficial de secretaría, el cual, por indicación de Lozano, trajo poco después un grueso legajo.

—Se cree que tomó parte en la conspiración de Richard para asesinar a Su Majestad —dijo Lozano fijándose en el primer pliego.

—Se cree... eso es, y debe de ser cierto —indicó don Buenaventura—. No puede menos de ser cierto.

—Viósele en Granada el año 16 —continuó Lozano leyendo—, y al poco tiempo estuvo en Murcia y Alicante, donde le protegían López Pinto, el brigadier Torrijos y algunos oficiales del regimiento de Lorena.