—Sí, señor —repuso mirándome con fijeza, y sonriendo vanidosa y triunfalmente—. Sí, señor: lo he adivinado, lo he descubierto, lo sé.

—¿Pero es broma, es sospecha o presunción?

—Es certidumbre, señor don Juan.

—¡Es usted un tesoro, es usted una diosa, Jenara! —exclamé con entusiasmo—. Pero dígame usted: esas salidas diarias, esa multitud de recados, esa ocupación constante durante más de una semana, ¿se han consagrado al servicio de la patria y del rey? Me parece inverosímil.

—Si he de hablar con verdad, no he atendido gran cosa al servicio de la patria y del rey... He tenido fijo el pensamiento en mi esposo acuchillado y moribundo.

—Verdad es que la persona a quien queremos castigar ha sido por mucho tiempo la pesadilla y el espantajo de su familia de usted.

—Yo no sé hacer nada a medias —dijo Jenara con solemne voz—. Me impulsaba a dar estos pasos un sentimiento que inflama mi corazón, un sentimiento criminal que ofende a Dios, lo sé; un sentimiento...

—¡Jenara!

—Sí, señor de Pipaón, el odio; hablo del odio que se ha fijado en mí desde hace algunos años, como un puñal que me atraviesa el corazón. Incapaz de tranquilidad, escandalizada de la debilidad de los hombres, que han dejado sin castigo a tan atroz criminal, me he lanzado resueltamente y con todo el ardor de mi carácter a un trabajo impropio de mi sexo y condición. He desfallecido muchas veces, he sufrido grandes sonrojos; pero al fin la fuerza de mi propia pasión me ha dado energía, y con la energía una luz extraordinaria. ¡Qué no conseguirá la voluntad de una mujer, su penetrante instinto, su admirable sagacidad!...

—Esas prendas, señora, han revuelto el mundo muchas veces, han provocado guerras y revoluciones —dije contemplándola fijamente, ansioso de descubrir las verdaderas ideas y los sentimientos efectivos de Jenara en aquella ocasión.