No era fácil averiguar esto, y en vano clavaba mis ojos en la marmórea beldad que ante mí tenía. Por experiencia sabía yo que, para el conocimiento del alma de Jenara, era preciso atenerse a lo que decían sus labios, dejando al tiempo o al acaso la misión de descubrir el color y los astros de aquel cielo siempre cubierto de nubes. Al mismo tiempo, no podía hacer grandes observaciones fisiognómicas, porque mis ojos, lo mismo que mi atención, se distraían con el recreo y embobamiento que tan grande hermosura les producían. ¡Lástima grande que bajo aquella serenidad majestuosa, aunque algo artificial como los papeles del teatro, se escondiese, cual serpiente en nido de rosas, el odio tan ponderado verbalmente por ella!
—Si es cierto —dije— que por las averiguaciones que ha hecho usted, como principal agraviada, se logra descubrir y capturar a ese hombre, el estado y el rey están de enhorabuena. Precisamente nuestro amigo el señor Lozano bebe los vientos por ponerle la mano encima. ¿Pues y don Buenaventura? Poco contento se va a poner cuando yo le diga... Como que nuestro paisano es el alma y la clave de las conspiraciones. Parece mentira que una señora haya conseguido lo que intentaron hasta ahora en vano tantos y tan buenos espías...
—¡Espías! Los de la Inquisición, lo mismo que los del gobierno, están vendidos a los masones —afirmó Jenara con desprecio.
—Cuénteme usted todo; cuénteme esos prodigios.
Sonrió la dama, y por breve rato puso los ojos en el brasero, sin dejar la sonrisa, que parecía esculpida en su rostro.
—Si le contara a usted todo lo que he hecho —dijo al fin—, se asombraría de algunas cosas, y de otras se reiría, formando mala idea de mí.
—Vamos a ver.
—Sin hacerse cargo de la impresión que produjo en mí la vista de ese hombre en la iglesia del Rosario, nadie comprenderá las locuras que he hecho. Yo estaba aterrada; parecía que me apretaban el corazón con tenazas de hierro; yo no podía dormir; la terrible imagen iba tras de mí a todas horas, infundiéndome miedo y una congoja extraña.
—Lo conocí.
—Yo presagiaba toda clase de males; veía en ese hombre un poder maléfico... Era tal mi turbación y lo preocupada que yo vivía, que una noche creí verle deslizarse por esos pasillos como un fantasma.