—¡Jenara!

—Sí; la imaginación me le puso delante... ¡y con cuánta verdad! Vi su cara, sentí el ruido que hacía su capa rozando en las paredes...

Me quedé frío.

—Pero no... no se asuste usted... yo no creo en fantasmas. ¡Cosas de mis ojos que suelen ver lo que no existe!... Ya me ha pasado lo mismo otras veces... Ello es que la propia exaltación mía me dio fuerzas para sobreponerme al miedo, a la congoja, y furiosa me revolví contra mi atormentador. El placer de castigarle, de hacerle sentir el peso de una mano justiciera dirigida por mí, dio mayor fuerza a mi voluntad. ¡Era preciso buscarle, burlar su astucia, sorprenderle, cogerle, destrozarle!

—Veamos lo que hizo usted.

—Desde luego, sabiendo que ese hombre estaba en Madrid, parecía natural creer que vivía en alguna parte.

—Eso no tiene la menor duda.

—Yo pensé de otra manera: yo pensé que viviría en muchas partes.

—Ya... es decir, que cambiaría todos los días de domicilio para desorientar a sus perseguidores.

—Justamente. Pero esta idea tenía poco valor, mientras no se averiguase una por lo menos de las guaridas del miserable. Empecé sin resultado mis pesquisas, cuando de repente vino en mi ayuda la casualidad, proporcionándome un nuevo encuentro con él cierta noche que volvíamos a casa Paquita y yo un poco tarde.