—¿Y le habló a usted?
—¡Qué disparate! No me conoció: yo sí le conocí perfectamente, a pesar de que iba embozado hasta los ojos.
—¿Y dónde fue ese encuentro?
—En la calle Mayor. Eran las nueve. Él iba en dirección a la plaza de la Villa. Paquita y yo veníamos de casa del señor Grima, corregidor que fue de Vitoria.
—Y usted y Paquita, llenas de terror, avivaron el paso para huir de él.
—Al contrario, volvimos atrás... y le seguimos.
—¿Le siguieron?
—Sí, señor. Nos arrebujamos muy bien en nuestros mantones, y le seguimos a cierta distancia. Como él anda tan a prisa, llegamos sin aliento a la calle de Santiago.
—Donde se escurrió por algún portal...
—Entró, sí, en una casa; pero yo no me desconcerté por eso, y con toda serenidad examiné el edificio detenidamente. Era un palacio enorme, pesado y triste, con grandes balcones y un escudo formidable sobre el del centro. Parecía la vivienda de un grande de España. Monsalud, al entrar en ella, iba a visitar a alguien; de ningún modo a quedarse allí.