—Muy bien pensado; pero las casas de los grandes, sobre todo si los que las habitan no son muy grandes, suelen tener buhardillas que se alquilan a gente pobre, y a las cuales se sube por la escalera de servicio.
—También pensé yo esto —dijo la dama demostrándome su prodigioso método de raciocinio—, y para salir de duda me decidí a preguntar al portero.
—Lo que no dejaba de ser aventurado y sospechoso.
—No me importaba; yo entré resueltamente y dije al portero: «¿Vive en las buhardillas de esta casa una pobre viuda enferma, llamada doña Petra, que ha puesto un anuncio en el Diario, pidiendo limosna a las almas caritativas?» El portero me informó de lo que yo quería saber, diciendo: «En esta casa no hay buhardillas alquiladas, ni aun vivideras, ni aquí vive nadie más que mi amo el señor conde...» Ya estaba segura de que Monsalud no vivía allí y de que más tarde o más temprano saldría. Paquita y yo nos llenamos de paciencia y aguardamos.
—¡Qué valor, qué constancia sublime!... En una noche fría... dos mujeres solas en la calle.
—Nadie se metió con nosotras. Antes de las once Monsalud salió.
—¿Y le siguieron?
—Le seguimos. Él miraba atrás algunas veces; pero viendo transeúntes indiferentes o mujeres, seguía tan tranquilo.
—¿Y fue larga la segunda caminata?
—No muy larga. Entró en el café de Levante; pero no por la puerta del local público, sino por otra lóbrega y estrecha que hay al costado y por la cual creo se sube a la tertulia.