—Así es, en efecto. Supongo que no entrarían ustedes en el café ni aguardarían tampoco la salida del aventurero, porque tales garitos no se vacían hasta la madrugada.
—Entrar no; pero aguardar sí —me contestó con una serenidad que me dejó pasmado—. En aquella acera, que es de gran tránsito a causa de las puertas de los cafés cercanos, se ven mujeres y chicos que piden limosna, castañeras, ciegos que venden villancicos, y también muchos rateros y gente sospechosa, con la cual alternan en amor y compaña los alguaciles. Paquita limpió el lodo junto a la puerta por donde él había entrado y por donde esperábamos que saliera, y...
—¡Jesús, María y José! —exclamé interrumpiéndola—: ¿fue usted capaz?...
—Sí, señor; nos sentamos allí. Con los mantos sobre la cabeza, no nos diferenciábamos gran cosa de la sociedad allí reunida... Yo no me acobardaba ante ningún obstáculo. Resuelta a marchar derecha a mi objeto, llena y encendida toda el alma con la llama de un aborrecimiento que era mi sostén y mi martirio, no reparaba en dificultades. Solo así se vence, señor Pipaón.
—¿Y hasta cuándo duró la guardia?
—Hasta las cuatro de la mañana. Fue aquella noche que estuve fuera de casa. ¿Se acuerda usted? Entré por la mañana diciendo que había estado acompañando a una amiga parturienta.
—Me acuerdo, sí.
—Hasta las cuatro, sí. Nos levantamos de allí medio heladas —continuó riendo—. Él salió con otros tres; marchó hacia la calle Mayor. A la entrada de la de Boteros, uno de ellos se separó, y Monsalud con los dos restantes entró en la plaza. Les seguimos a bastante distancia; pasaron a la calle de Toledo, y pasamos también nosotras. Detuviéronse en la esquina de la calle Imperial, y entonces resolvimos adelantarnos y pasar junto a ellos para que no sospecharan que los seguíamos. Cuando pasamos oí claramente la voz de Salvador que decía a sus compañeros: «Estoy muy fatigado, y voy a acostarme...» Siguiéndole, pues, hasta el fin, era seguro que sabríamos dónde vivía.
—¡Qué admirable paciencia! El más astuto y diligente alguacil no haría otro tanto.
—Esto no puede hacerlo la justicia, que es mercenaria y venal: lo hace una mujer.