—¿Y dónde vivía?

—En la calle de Segovia. Detúvose en una puerta, y después de dar varios golpes, bajaron a abrirle y entró.

—Dando fin con esto a las investigaciones de usted, pues no creo...

—No entramos..., ¡qué disparate! Pero examiné cuidadosamente la casa. En los balcones del piso segundo de ella vi los papeles que suelen ponerse en las casas de pupilos. En la parte exterior del portal vi una muestra que anuncia lo siguiente: Pepita Rojo, bordadora en fino. En el principal, otra tabla dice: Planchadora, y en el tercero un balcón roto y algunos tiestos.

—¿Significa algo el balcón roto y los tiestos?

—Nada: lo digo para que vea usted cómo examiné uno por uno todos los accidentes de la fachada de aquella casa, como se examinan las facciones del facineroso que nos ha robado, para poder dar sus señas a la justicia.

—¿De modo que le tenemos allí?

—No cante usted victoria todavía, señor mío, que aún falta mucho por contar... Nos retiramos a casa. Yo calculaba que un hombre que se acuesta a las cinco de la mañana no podría levantarse muy temprano.

—¿Pues qué? ¿Proyectaba usted nuevas excursiones? —pregunté con la mayor sorpresa.

—A las ocho, después de charlar un poco con mi viejo, estábamos en la calle Paquita y yo. ¿No se acuerda usted?