—Sí, me acuerdo.
—Salimos, sí, en dirección a la calle de Segovia. Llegamos: pregunté en el portal por Pepita Rojo, bordadora en fino, y dijéronme que vivía en el sotabanco; Paquita entró en la casa de huéspedes del segundo pidiendo pupilaje.
—¡Qué demonio! Fue cuando Paquita estuvo fuera de casa tres días, y usted dijo que había ido a Daganzo de Abajo a ver a su madre enferma.
—Eso es. Yo entré en casa de la bordadora a encargarle una obra muy difícil y costosa. Sin hacer alarde de riqueza, me mostré generosa; volví al día siguiente, llevando un regalito a sus niños; conocí a su marido, que es herrero, y no parecía tener trato alguno con revolucionarios; pero ni mi observación ni mi dinero me dieron luz alguna.
—¿Y Paquita?
—Vivió allí tres días. Hízose, por encargo mío, la desenvuelta, para comunicarse con los demás huéspedes, y principalmente con un tal Núñez, algo misterioso, que en la misma casa vivía, teniendo consigo a un primo, que se decía recién llegado de Valencia.
—Ese primo...
—Yo iba a visitar a Paquita, porque esta no podía hacer gran cosa sola. Apenas había visto la fisonomía de Monsalud y no conocía el metal de su voz. El tercer día de mi visita temblé de pavor y al mismo tiempo de alborozo: había oído la voz del miserable en una habitación inmediata. Al punto nos encerramos, y Paquita practicó sigilosamente un agujero en el endeble tabique detrás de un cuadro. Oímos algo; pero nada importante. Núñez y Monsalud habían llamado a la patrona y contaban el dinero para pagarle, pues se marchaban de la casa. Su conversación era indiferente, y ni una palabra dijeron que indicase cuál iba a ser su nuevo domicilio. Llegó entonces un tercero, salieron todos, y metiéndose en un coche, que a la puerta les esperaba, partieron, sin que fuera posible averiguar nada.
—¡Perdido otra vez! ¿Y no se dio usted por vencida?
—Nada de eso. Paquita y yo entramos después en conversación con la patrona, tratando de descubrir algo; pero nada sacamos en limpio. La buena mujer ponderó la puntualidad y largueza con que semanalmente le pagaba Núñez, calificando a este y a su primo de excelentes sujetos. No hacía un cuarto de hora que habían salido, cuando llegaron... ¿quiénes dirá usted?