—No sé.

—Los alguaciles de la Inquisición de Corte, con un señor familiar a la cabeza.

—¿A prenderles? ¡Qué oportunidad!... Los herejes y masones son como el humo: les ve uno y no puede echarles mano.

—Tranquilizada y en paz la casa, luego que los alguaciles, con el señor familiar al frente, se marcharon, reanudamos nuestra conversación Paquita, la pupilera y yo. Fingí ser persona de escasos posibles, viuda de un militar, y dije que me acomodaría en aquella casa al lado de mi amiga, si me admitían por poco dinero. Era mi deseo penetrar en la habitación abandonada por los fugitivos, para ver si habían dejado algún objeto que aclarase un poco las tinieblas en que me encontraba. Enseñome el cuarto la posadera, y al punto lo examiné todo: paredes, muebles, piso. En un rincón de este había varios pedazos de papel, una carta rota. En un momento en que estuvimos solas, los recogí, y guardados cuidadosamente, me los traje a casa para juntarlos y leerlos.

Diciendo esto, sacó de su costurero un papel en que estaban pegados los pedazos de la epístola.

—Lo que pude reunir y junté de este modo —dijo mostrándomelo— no es más que una tercera parte de la carta, y solo resultan frases sueltas de oscuro sentido. Vea usted:

«...mingo a las nueve de la noche te espero en la esquina... ana vieja no puedes venir a mi casa... que mi ma... Caraban... enojada, furiosa y no mereces... Andrea.»

IX

—No entiendo una palabra de esta monserga —dije, devolviendo el papel.

—Pero basta fijarse un poco para comprender que es una cita amorosa. La firma de la dama es Andrea.