—¡Andrea!... Conozco yo varias Andreas.
—A mí no me importaba conocer a la dama: lo principal era saber el punto en que se verificaría la cita amorosa, y esto bien se descubría reflexionando un poco.
—¿En dónde?
—En la esquina de la calle de la Aduana vieja.
—Es verdad... el domingo. ¿Y fue usted?
—¿Pues no había de ir? Aquella noche Paquita y yo la pasamos también en claro. Vi a los dos amantes. Se me figura que él no está muy entusiasmado; ella debe de valer poco; separáronse pronto.
—¿Y le siguió usted de nuevo?
—Por todo Madrid; hasta que después de diversas paradas y escalas aquí y allí, paró cerca de la madrugada en la casa donde vivía y donde vive ahora.
—¡Admirable, sorprendente!
—Desde que descubrí su nuevo albergue comenzó Dios a favorecerme, porque Paquita reconoció en aquella la casa donde vive una parienta suya y paisana, con la cual tiene muy buena amistad. Fue a visitarla al día siguiente, y por ella supe que el marido de doña Teresona (que así se llama la de Daganzo) es portero, conserje o guardián de la tal casa, perteneciente a bienes mostrencos y habitada por un administrador de estos. El señor Roque pertenece en cuerpo y alma al habitante principal de la casa. Es difícil corromperle; pero no así la señora Teresona, que, insensible primero a mis ruegos, se ablandó con los regalos que le hice. Todos mis ahorros y el producto de parte de mis alhajas que vendí, lo he empleado en tentar la codicia y ganarme la voluntad de aquella mujer. He penetrado anoche en la casa, y escondida en un miserable cuarto trastero que da al patio y a la escalera grande, he visto entrar a Monsalud con otros dos, encender luz y encerrarse en la única pieza habitable del piso alto, cuyos largos corredores desnudos, abiertos, fríos y solitarios, tiemblan y crujen cuando alguien pasa por ellos. Nada más necesito decir a usted sino que cuando la justicia quiera apoderarse del conspirador, puede hacerlo cómodamente y sin peligro ni ruido.