—Mañana mismo —dije frotándome las manos de gozo—. ¡Gracias a Dios! España verá al fin un día de justicia, ya que ha visto tantos de bajezas, debilidades e infames sobornos.
—¿Y se hará justicia? —preguntó Jenara con energía—. Este indigno espionaje que he referido, ¿será un vano capricho de mujer furiosa?
—La Inquisición sabe dónde tiene la mano derecha.
—La Inquisición no sabe nada —replicó ella con desprecio—. Sueño con la justicia, y la justicia debe hacerse, debo hacerla yo misma. ¿Para qué he de fiar mi justa venganza a la Sala de Alcaldes o a la Inquisición? ¿Necesito acaso de ellos? ¿Por ventura no estoy yo aquí?
Al decir esto, el vivo rayo de sus ojos indicaba una contumacia y una virilidad (permítase la palabra) que me infundían miedo. Aquella mujer no necesitaba de nadie para realizar sus ideas.
—Veo —le dije— que usted será capaz de suplir con su acerada voluntad a nuestra débil o impotente justicia. A tanto vilipendio han llegado el siglo y los tiempos, que una mujer sola, sin más auxilio que su corazón de fuego y su iniciativa poderosa, podrá dar satisfacción a la moral pública y a la patria ultrajada. ¡Admirable espectáculo! ¡Cuán grande es la mujer, cuando quiere serlo! ¡Qué heroísmo! ¡Qué lección a los vanos y corrompidos hombres, señora!... Dios infunde a una mujer esta energía potente; Dios envía un destello de su justicia sobre el ser más débil y más bello de la creación, para que la gran idea no se extinga en el mundo. Yace la autoridad hecha pedazos en el fango de las logias y en las alfombras de los palacios. Dios da a una mujer el encargo de recogerla, y la gran fuerza vuelve a brillar como un acero terrible sobre la cabeza de los pueblos, atontados y embrutecidos por el democratismo y la revolución...
Jenara, profundamente abstraída, no contestó nada a mis ditirambos.
—Pero yo —continué con el mismo calor—, yo, en cierto modo representante de esa justicia oficial que tan mal cumple sus deberes, estoy interesado en que recobre su esplendor; he adquirido cierto compromiso en este asunto, y, por tanto, me atrevo a reclamar el delincuente.
—¿Para prenderle mañana y soltarle pasado mañana?
—No: yo juro a usted por Dios que nos oye, que Salvador no quedará esta vez sin castigo... ¡Pues no faltaba más...! Respondo de ello...