—Es usted como todos —me dijo gravemente—. Pero este asunto me causa tanto terror, que no puedo empeñarme en llevar adelante mi primer pensamiento. Es una locura, un desvarío... Mi corazón irritado y furioso me ha impulsado hacia un fin terrible; pero en mi alma hay también destellos de luz religiosa; tiemblo, retrocedo y me digo: «Jenara, ¿qué vas a hacer?...» Mientras buscaba a mi insultador y asesino de mi esposo, no me causaba espanto el considerar la merecida expiación de sus culpas; pero ahora que le tengo, ahora que le veo en mi poder, casi puedo decir dentro de una jaula, siento frío en el corazón. «¿Qué debo hacer?», me pregunto. Si fuera hombre, la cuestión estaba resuelta. Si mi esposo estuviera aquí, también. Pero me encuentro sola. ¿Qué puede hacer una mujer? Antes me condenaré a los tormentos del despecho toda mi vida, que comprar con oro una mano extraña. Si tan horrible idea cupo un día en mi cerebro, hoy la rechaza mi corazón... Le tengo en mi poder y vacilo... Cuando le perseguía, todas las ferocidades del castigo, hasta el asesinato, me parecían naturales... Mi mano le coge al fin, y todo es congoja, indecisión... Ahora me acuerdo —añadió sonriendo— de un caso ocurrido el otro día y que no por trivial deja de ser muy apropiado a lo que ahora nos ocupa. Dispénseme usted lo frívolo del cuento y óigalo. Durante muchas noches me mortificaba en mi cuarto un miserable ratoncillo, quitándome el sueño y adjudicándose multitud de objetos de mi propiedad. Cuanto ideamos Paquita y yo para apoderarnos del vándalo fue inútil. Yo me desesperaba, y desvelada por las travesuras ruidosas de nuestro intruso, tramaba mil proyectos de exterminio contra él. Estrujarle, aplastarle, quemarle vivo, ahogarle, todo me parecía poco. Oyendo el rumor de sus dientes y sus menudos pasos, mi corazón se abrasaba (no se ría usted) en furores de venganza. Ningún placer había comparable al placer de verle en la boca de un gato, o en las tenazas de la cocinera, o en las manos de un pilluelo de las calles... Por último, le cogí en la ratonera que usted nos dio. Cuando le vi preso y en capilla, toda aquella tempestad de crueldades que rugían en mi corazón, desaparecieron como por encanto: aparté la vista con horror y repugnancia, y entregando la ratonera a Paquita, le dije: «Mátale donde yo no le vea ni le sienta...» ¿Querrá usted creer que me puse nerviosa... que casi estuve a punto de llorar... que fui corriendo de mi cuarto, porque desde él se sentían los chillidos lastimeros del pobre animal?

—¡Corazón generoso en voluntad firme! —exclamé—. Bien, señora mía: entrégueme usted esa ratonera donde acaba de caer el vándalo. Yo juro...

—Usted jurará todo lo que quiera; ¿pero de qué valen todas sus buenas intenciones contra la flojedad del gobierno? Le prenderán hoy, y mañana...

—Hay una gran irritación contra él, y no es fácil que se le suelte. Vea usted cómo la señora Fermina Monsalud cayó en poder de la Inquisición hace años, y aún se pudre en un calabozo, a pesar de los esfuerzos que hacen los masones para salvarla.

—La prisión y el tormento que han dado a esa buena mujer es una iniquidad que me horroriza.

—¡También usted se interesa por ella!

—Por la justicia. Toda infamia me irrita, y jamás perdonaré a mi esposo y a mi abuelo la crueldad con que han tratado a esa pobre señora inocente. ¿Es ella responsable de los crímenes de su hijo?

—Hasta cierto punto...

—Hasta ningún punto —dijo bruscamente y con enojo—. ¡Cuántas veces he reñido con Carlos, echándole en cara su conducta en este particular! ¿No es inicuo, no es contrario a todas las leyes divinas y humanas atormentar a una infeliz mujer, para que..., para que declare que es cómplice de los crímenes de su hijo? Si no lo es, ¿cómo ha de declararlo?

Advertí en el semblante de Jenara una emoción muy visible, fenómeno raro en ella. Era la primera vez que aparecía conmovida durante nuestro largo coloquio de aquella noche.