—Veo que el odio de que hablaba usted hace poco —le dije— tiene también sus suavidades.

—Sobre mi odio está mi justicia —repuso—. Y qué, ¿puede negarse que esta iniquidad de mi familia atraerá sobre nosotros la cólera de Dios? Yo preveo desgracias, yo preveo desastres en mi casa. ¡Ay!, ¿por qué no somos felices? En este matrimonio, en esta joven familia llena de tristezas, hay una cosa negra que todo lo envuelve.

Quedose meditabunda. Contemplándola y tratando de penetrar en los antros de su alma, yo decía entre dientes:

—¿Qué misterios hay en ti, mujer? ¿Qué tienes detrás del cielo de esos ojos?

Luego hablé en voz alta, diciéndole:

—Verdaderamente, es crueldad inútil atormentar a esa desgraciada. Se conoce que Salvador bebe los vientos por librarla de los señores inquisidores. Ya vio usted aquella insolente hoja...

—Debió usted hacer algo en pro de la infeliz mujer —dijo en tono de viva reconvención—. ¡Qué ocasión tiene usted para hacer una obra de caridad y contentarme al mismo tiempo!

Dijo esto, y se levantó con la súbita agitación de una persona impaciente.

—¿Qué más deseo yo sino agradar a usted?

—Dirá usted que es capricho; pero mi conciencia me repite que es ley.