—Y lo será.

—El señor de Pipaón tiene buenos sentimientos.

—Sin duda.

—Pues haga lo que piden la justicia y la piedad: empéñese usted con Lozano para que mande poner en libertad a la mártir Fermina Monsalud.

Quedeme perplejo. La animación de Jenara, su encendido color y el rayo de sus ojos, indicaban sensibilidad muy viva. El cambio repentino de aquella alma, que había pasado de la fría impasibilidad inquisitorial a un arranque de compasión ardiente, me confundía.

—Es difícil que Lozano de Torres consienta...

—Pues me quedo con mi prisionero —afirmó, con un destello de ira—. Haré de él lo que me convenga.

Alcé los hombros, y sin decir nada, acerqué las palmas de mis manos a la lumbre.

—Me guardo mi prisionero; me guardo mi víctima; me guardo mi reo. Yo le pondré en capilla cuando me convenga.

—Bueno —dije sencillamente—. En ese caso no hay nada que añadir. Lo más que puedo hacer es hablar a Lozano de Torres.